Bucear te permite abrir un balcón y asomarte a otro mundo de colores y sensaciones


Victor Salazar Navarro

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A S.G.C., testigo de todo con mis ojos

Siempre he mantenido que bucear te permite abrir un balcón y asomarte a otro mundo, un mundo de colores, sensaciones y de vida diferente al que conocemos. Además, parafraseando a Mallory cuando le preguntaban la razón de subir al Everest, al fin y al cabo el mar también está ahí para ser explorado. Tenía todo esto en mente cuando me embarqué en un crucero de buceo de los denominados vida a bordo, que me llevaría por una de las rutas clásicas del Mar Rojo visitando las islas Brothers y Elphinstone, además de otros tantos arrecifes en el camino.

Partimos de Hurghada con rumbo sur por la mañana después de dormir anclados en puerto y las primeras tomas de contacto las hicimos en los arrecifes de Gotta Abu Ramada y Panorama, encontrando pronto las primeras gratas sorpresas del viaje. Mimetizado de forma exquisita sobre el fondo arenoso observamos el curioso pez cocodrilo, inmóvil, aguardando algún pez más pequeño sobre el que lanzarse y, no mucho más lejos de allí, el rugoso pez escorpión. Varios pináculos cubiertos de corales de todo tipo se sucedían en hitos desperdigados en el arrecife.

Al día siguiente llegamos a las esperadas islas Brothers, un conjunto más bien de dos pequeños islotes (Big and Little Brothers) en medio del Mar Rojo, a 67 km de la costa oeste a la altura de Al Quseir. La mayor, que no presenta más de 300 m de largo y 150 m de ancho, alberga un faro construido en 1880 por los ingleses que sigue operativo actualmente. Una serie de casuchas de cemento alrededor del mismo, algunas con puertas y otros objetos inservibles a modo de techo, con numerosos desconchados y agujeros en los muros, servían de alojamiento para las ocho o diez personas que habitan el lugar. El cuadro que ofrecía  aquél pedazo de tierra que parecía un injerto del mismísimo desierto plantado en medio del mar, las ruinosas construcciones de aspecto destartalado, los lugareños tirados en la sombra refugiándose de un sol implacable sin saber muy bien qué hacían -alguno tenía un puesto de venta de camisetas- y la ropa colgada en tenderos improvisados, era de un surrealismo extremo.

Ya en la primera inmersión, el encuentro con el enigmático tiburón martillo me dejó estupefacto. Hasta ahora sólo los había visto en documentales y me parecía que tenían forma de marcianos o mutantes. Surgió de improviso en el azul, pasó a unos metros de nosotros y desapareció de la misma forma. Dudaba si había sido una aparición de un pez extraterrestre. Me resultó cómico luego el paso aparentemente flemático del pez Napoleón que conforme se deslizaba a nuestro lado, como los malos toreros, no dejaba de mirarnos de reojo. Poco a poco, nuestros movimientos se fueron impregnando de una lentitud pasmosa, los peces se movían pausadamente cerca de nosotros mientras los rayos de sol se filtraban pálidos, atenuados, dando la impresión que eran  enfocados desde el fondo. En esos momentos, la vida a nuestro alrededor se desarrollaba a cámara lenta. Cuando más tarde nos dejamos arrastrar por una corriente invisible, literalmente flotando en frente de la pared del arrecife tapizada por un continuo jardín vertical de coral,  la sensación de ingravidez fue absoluta.

Nos desplazábamos en una moviola de ensueño frente a miles de tipos y formas de corales, sobre los que incidían los rayos solares poco antes del atardecer produciendo diversos efectos luminosos en la pared. Posteriormente, la visión del tiburón gris – el Cary Grant de los depredadores marinos-, con un estilismo exquisito y desafiante a la hora de realizar sus movimientos lentos y acompasados en idas y venidas horizontales y oblicuas, resultaba fascinante. En ocasiones, cuando se colocaba por encima de nuestras cabezas recortándose a contraluz sobre la claridad de la superficie, ofrecía una estampa portentosa.

Otra de las emociones fuertes que supone bucear en estas islas las proporcionan dos pecios –barcos hundidos-, el Numidia y Aida. El primero fue un carguero inglés que naufragó en 1901 cuando se dirigía a la India con un cargamento de ruedas de tren, raíles y máquinas de vapor mientras que el segundo lo hizo en 1957 cuando transportaba soldados de la Marina Egipcia de relevo a las Islas Brothers. Resultaba sobrecogedor recorrer las entrañas de los mismos a través de los esqueletos de amasijos de hierro oxidado que soportaban los restos de la estructuras de la naves, el silencio se agudizaba hasta extremos casi dolorosos a nuestro paso y los peces aparecían como convidados de piedra cuando eran apuntados con nuestras linternas en un escenario funesto invadido por una oscuridad absoluta. Me vino a la mente el título del poema de Cernuda Donde habite el olvido. “Desde luego aquí mismo puede habitar”- pensé-. Supuso un verdadero alivio la visión de los tragaluces por donde se filtraban los rayos de sol en haces gruesos de columnas rectangulares de luz y por donde dejamos atrás ese mundo mudo, herrumbroso, de tiniebla líquida. Afuera, las ruedas de ferrocarriles tapizadas por un manto peludo de algas y corales y otros restos del cargamento depositados en la pendiente del arrecife, aparecían esparcidos como extrañas piezas de un cuadro de Dalí.

Visto desde el barco, el arrecife Elphinstone suponía una extensa marcha verdosa de 300 metros de longitud aproximadamente que rompía la uniformidad azul de la superficie encrespada del mar. Consistía en una extensa plataforma alargada que descendía gradualmente en sucesivas terrazas en sus extremos norte y sur hasta los 100m, mientras que las paredes laterales lo hacían de forma más abrupta hasta alcanzar el mismo lecho marino.

Una vez dentro del agua, la visión de la misma desde unos pocos metros más arriba era sublime. Con forma de un barco rocoso varado en un vacío azul oscuro, la silueta se recortaba sobre un abismo insondable que se perdía en la oscuridad de las profundidades. En los bordes,  bancos de peces negros quedaban suspendidos casi estáticos, como ejércitos silenciosos y disciplinados. Nuestras burbujas se elevaban lentamente en columnas como diminutos paracaídas de mercurio ascendentes hacia la superficie. De repente, me encontré sobrevolando un planeta sin gravedad desde una atmósfera acuosa. Permanecí extasiado durante varios minutos con la sensación de estar levitando en una especie de limbo.

Un poco más abajo, en el propio arrecife, una miríada de peces muy pequeños revoloteaban como mariposas de colores mientras una pareja de peces Ángel se perseguían mutuamente, yendo y viniendo de un lado a otro, más despacio, más rápido, en un cortejo juguetón y desenfrenado, y enormes gorgonias se desplegaban como gigantescos abanicos abiertos en las paredes en un abrazo voraz hacia la corriente. Sonaba en mis oídos una sinfonía subacuática perfecta de primavera. Cuando salimos del agua, me sentía hipnotizado, como si hubiese recibido una dosis alta de algún sedante. Anduve caminando por la cubierta del barco un rato sin apenas sentir peso en los pies.

Las inmersiones nocturnas suponen de alguna manera un desafío a la razón. Las hicimos en los arrecifes de Abu Dabba 6 y Shaab Sheer puesto que en las Islas Brothers no estaban permitidas debido a la presencia de tiburones –es por la noche cuando se vuelven más activos y se dedican a cazar-. La calidez del agua me ayudaba a templar los ánimos mientras descendía de forma lenta hacia las entrañas de algo desconocido. Una vez alejados de los focos del barco la oscuridad era total, nuestras linternas apenas conseguían abrir un hueco de luz en medio de aquella inmensidad tenebrosa. Poco a poco, nuestros ojos se fueron acondicionando a una visión tenue. Con cierto ánimo morboso, a veces apagaba la linterna para comprobar el efecto pero no tardaba mucho en volverla a encender, me sentía en el interior de una imprecisa, infinita burbuja negra opaca. La vida a nuestro alrededor aparecía en estado latente hasta que uno se aproximaba a lo minúsculo.

Los pólipos de coral se abrían y se cerraban en impulsos ávidos por atrapar el plancton que arrastraba la corriente, pequeños cangrejos se escondían en el esqueleto de los corales duros mientras que los ojos de tímidas gambas refulgían rojizos cuando eran enfocados con nuestras linternas. Una serpiente de agua se deslizaba entre los agujeros rocosos de la pared en busca de alimento, mientras los peces loro dormitaban con los ojos abiertos encajonados en los huecos de los restos desparramados de coral por el fondo. Una vez emprendido el camino de vuelta, la silueta oscura del barco emitiendo una luz azulada como señal en la superficie tenía la apariencia de un ovni sobre nuestras cabezas. Miraba a mis compañeros a medida que ascendíamos lentamente y tuve la sensación de estar siendo abducido.

De regreso a Hurghada, como broche de oro a un viaje fascinante, un grupo de risueños delfines –juraría que se reían- nos acompañó durante un tiempo mientras navegábamos a una velocidad considerable, dando saltos fuera del agua y girándose 360º sobre sí mismos en un espectáculo circense. Me encontraba solo en la cubierta y sentí una intensa emoción infantil. Con lágrimas en los ojos, pensé que sólo esa visión había justificado el viaje.

Mi agradecimiento a mi compañera de buceo Justina por las fotos y a mi guía y amiga Laia.

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2 thoughts on “Bucear te permite abrir un balcón y asomarte a otro mundo de colores y sensaciones

  1. hayyyyyyyyyy solo ustedes nos hacen viajar en el mundo.mil gracias por existir..en verdad es una belleza todo esto ..no tengo palabras para expresar lo maravillada que me siento mil gracias. rossy

  2. Que gracia! No va y me avisa la pagina web que victor salazar ha escrito sobre los fondos marinos junto con otras entradas mas? Las fotos son espectaculares. Ya nos contaste algo en su dia, pero para nada me imagine algo parecido. Que suerte! Bss

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