En una fría mañana de marzo tres chicos y un perro buscan la fuente de la Salud

Enrique Galindo

Iglesia de la Magdalena de Olivenza

En una fría mañana de marzo tres chicos y un perro salieron de su casa a buscar la fuente de la salud, una antigua fuente romana, hoy perdida entre las carreteras y la autovía que rodea Salamanca. Y buscaron y no la encontraron pero fue la excusa perfecta para pasear por unos acantilados del río Tormes que no conocían y ver la ciudad de lejos. Ese día yo tenía que trabajar por la tarde pero paseaba tranquilamente, como si el tiempo no fuera conmigo.

Mientras Claudio nos hablaba de antiguas diosas de ríos y fuentes, de ninfas, xanas y lamias, yo miraba las garzas de la otra orilla y como levantaban el vuelo los negros cormoranes que llegaron hace años y aquí se quedaron.

Un hombre y un perro

Al rato, llegamos a la entrada del antiguo polvorín, hoy abandonado, con todos sus edificios en ruinas. Sacamos las linternas y entramos en el túnel. No hay pérdida, dijo Jose Manuel, porque el interior tiene forma de H. Dentro casi no queda nada: los restos de un coche calcinado, un antiguo generador todavía engrasado, las curiosas manchas que hace el agua en las paredes, suciedad por todos lados y unas extrañas huellas blancas, que al final resultaron ser nuestras pisadas. Ahí hay un cuento: alguien que se asusta de sus propias huellas.

Salimos a la luz y vimos en el río Tormes una isla con forma de lagarto, que crece un poco cada año al irse añadiendo sedimentos en la parte de atrás. Y al final del camino, la iglesia románica de Santibañez del Río, con una de las portadas más hermosas de Salamanca. Uno se sorprende al encontrarla sin tejado y en un cierto abandono pero no deja de admirar ese extraño animal con una trompa de elefante, una cabeza humana entre dos cubas o dos garzas bebiendo de… una cornucopia. Un jarrón que es el cuerno de la abundancia, dice Claudio. En el fondo, es la representación del árbol de la vida,  que vino de oriente hace cientos, miles de años… Déjate de cornucopias y date prisa que no llegas a trabajar.

Según volvíamos, pensaba en este invierno del que me despedí hace unos días paseando por las orillas del Cañedo o por la montaña de León, entre el pico Llerenes y las Pintas, en caminos de barro y hayedos todavía dormidos, acurrucados frente a un frío que allí casi dura hasta junio. Pensaba también en una primavera que no acaba de llegar y que fui a buscar por tierras de la Alcarria en tardes de sol, entre olivos y almendros florecidos cerca de Almonacid de Zorita, el pueblo donde vivió León Felipe, el poeta que escribió “así es mi vida, piedra, como tú. Como tú, piedra pequeña; canto que ruedas por las calzadas y por las veredas”.

Riberas del Tajo

No hay nada comparable a pasear por la ribera del Tajo mientras el sol ilumina los carrizos y el viento mueve los juncos. Recordaba una tarde de hace años: ¿por qué no te bañas? Porque me he pasado media vida protestando contra la Central de Zorita, que está un poco más arriba. Pues tú te lo pierdes. El agua está genial… Y es que la memoria no es nostalgia ni ausencia. No camina hacia atrás ni rebusca a tientas en un pasado que nunca se ha ido porque siempre ha estado con nosotros. “La pasión –escribe Rafael Argullol en El cazador de instantes- no radica en lo que sucedió sino en lo que salvando las trampas del laberinto sigue sucediendo”. Y así, cada viaje es el mismo viaje. Los paisajes vuelven una y otra vez; y las emociones no se marchan nunca.

Al final, entre los recuerdos, los carrizos, la maraña de juncos y el sol que me daba en los ojos, acabé con los pies en el río y no tenía botas de repuesto.  Poco después subí a la ciudad visigoda de Recópolis. ¿Carnet de estudiante? No. ¿Profesor? No. ¿Jubilado? No. Y tampoco estoy en paro. No sé si fue porque me vieron con los pies chorreando o porque les dije que lo único que quería era ver como se marcha el Tajo desde el ribazo que hay donde acaba el antiguo palacio, acabaron dándome una entrada gratuita. Lo que más me gustó siempre de esta ciudad, que mandó construir Leovigildo hace mil cuatrocientos años, es su emplazamiento en una más o menos suave cuesta sobre el río Tajo. Me gusta pensar que, entonces como ahora, cada tarde bajaban a bañarse en las aguas de este río. Un río que, a pesar de centrales nucleares y pantanos, sigue siendo el mismo.

Un río que crucé hace cinco días, de noche, cerca de Cañaveral camino de una casa perdida en la dehesa de Salvaleón, al sur de Badajoz. No había vuelto a pisar esta tierra desde hace seis años, que vine en autobús a ver el Guadiana y después de visitar Mérida me volví andando a mi casa en Salamanca. Unos  trescientos kilómetros caminando por la antigua Vía de la Plata, entre dehesas de alcornoques y encinas,  en un abril cálido y cansado que recordaré siempre.

Esta semana la dehesa y los campos de cereal estaban verdes y todos los arroyos rebosaban agua después de los días que lleva sin parar de llover. Así que cuando visitamos las ruinas del teatro romano de Reina, mientras hacía una foto a los amigos subidos en la escena, estos se pusieron a cantar “arremojate la tripa que ya llega la calor” como si les fuera la vida en ello. Y la verdad, no sonaba muy romano… O quizá sí… También pudo ser que hace dos mil años los habitantes de Regina Turdulorum se dejasen empapar por el agua de marzo mientras cantaban y esperaban que llegase la calor… (aunque todavía, como es lógico, no conociesen las canciones de Labordeta).

Yo, a mi vez, recité un poema de Marcial, el escritor hispanorromano del siglo I, que habla de las cosas que hacen la vida más feliz: “fuerzas de hombre libre, un cuerpo sano. Una sencillez tranquila, amigos de la misma condición. Un sueño que haga fugaces las tinieblas. Querer ser lo que eres y no preferir otra cosa. No temer el último día ni desearlo”.

Mina de la Jayona

Y luego ver la antigua mina de la Jayona, comer un bocadillo sentados entre los arcos del soportal mudéjar de la ermita de Ara con unas interesantes y algo ingenuas pinturas, tomar café en la plaza de una Llerena en carnaval perpetuo. Y la noche estrellada en el encinar… y el bacalao a brás que nos hizo Pablo para cenar; y las canciones de Carola, de Isabel y de Ana… y buscar y buscar el dolmen de Monteporrino, que al final apareció al lado de nuestra casa.

Llerena

Y el paseo por las calles de Olivenza y la primavera que ya está llegando esta noche en la que miro la foto que nos hicimos a la entrada de la casa. La miro y veo la amistad mientras escucho la guitarra tranquila de “Una historia verdadera” y la música de Angelo Badalamenti me lleva a los campos de maíz de Iowa y a soñar con ese otro río, el Mississipi, que espero ver algún día…

Olivenza

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2 thoughts on “En una fría mañana de marzo tres chicos y un perro buscan la fuente de la Salud

  1. Me ha sorprendido gratamente, este reportaje que encontré por casualidad…¡Qué cosas tan bonitas y qué fotos tan buenas! La redacción, impecable. Resido al este de la patria, pero nací al oeste, cerca del Tajo…
    ¡Que buenos recuerdos! Me ha hecho…
    Gracias.
    Saludos

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