Rafa Álvarez
Los acantilados de Loiba, en las rías altas, esconden bajo sus erosionadas rocas seis inmensas playas, de arena suave, teñidas con los colores de los sedimentos marinos, salvajes, deshabitadas, donde el mar campa a sus anchas e impone su única ley. Desde los pétreos escarpes que desafían al mar y utilizan las gaviotas para su reposo, el viajero puede vivir deslumbrantes atardeceres sobre la apacible ría de Ortigueira que asciende tierra adentro, el cabo Ortegal que navega en las profundas agua del Atlántico como un rompe olas recortando su silueta sobre el perfil del horizonte, roto por la secuencia del viento y el batir del mar. Un lugar donde los escasos bañistas, por las dificultades del acceso, gozan de la belleza de este rincón secreto de Galicia, sin que nadie les moleste, rodeados por una naturaleza salvaje, preñada de tonalidades y de inquietantes secretos que el mar descubre con su enérgico oleaje y inauditos susurros.
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