Un paseo por el bosque encantado de Béjar

El Rincón del Trotamundos.

Buscamos un camino, una senda que nos lleve hasta el corazón del bosque, queremos disfrutar del silencio, ese silencio que medra en casi todos los bosques durante el otoño, cuando las hojas de los árboles están apunto de llegar al final de su ciclo vital y se muestran con sus mejores colores, según la especie a la que pertenecen. Colores que van desde el amarillo de los chopos, al rojo de los servales y los arces, el marrón de los robles y el naranja de los fresnos. Colores que en la distancia forman un mosaico de tonalidades que se diluyen en el atardecer, entre brumas y nubes que cabalgan por vaguadas y peculiares barruecos que yacen desparramados por la llanura.

Las hojas del otoño son como pergaminos que narran la historia de las distintas especies que han habitado, o habitan en los bosques primarios. Si las observamos con atención, estas describen finas lineas, hebras y hilos, hilos que tejen una malla hasta formar la estructura y el corazón de la hoja, en donde se fijan los nutrientes necesarios para la vida del árbol; la sabia de la tierra, los rayos del sol y el agua que en ellas depositan las nubes que cubren las montañas y se aferran a los bosques.

Era una mañana gris, caía una fina lluvia que dejaba gotas de agua en suspensión sobre las hojas de los árboles, las plantas silvestres y sobre los frutos maduros de los árboles frutales. Gotas de agua que aparentaban frágiles cristales apunto de romperse en mil pedazos y desparramarse sobre las hojas de los repollos, repollos que se alinean en los surcos trazados por los campesinos en la tierra de los huertos. Una lluvia que al contrario de ser molesta, nos hacia sentirnos más cercanos a las especies que viven en los bosques y sentirnos así parte del mundo vegetal.

Caminando y sin apenas darnos cuenta, nos adentramos en las espesuras del bosque, que es como adentrarse en un mundo desconocido, un mundo que no es el nuestro por que hace tiempo que muchos de nosotros vivimos de espaldas al bosque, a los seres que viven en ese medio, y de alguna forma, vivimos ausente de todo aquello que esta relacionado con la naturaleza. En realidad, vivimos de espaldas a todo aquello que no forma parte de nuestra vida cotidiana o del medio donde vivimos, las ciudades.

Caminamos en silencio, sobre cogidos por la belleza que nuestros ojos descubren a cada paso que demos, y en ocasiones, cuando menos no lo esperamos, sentíamos en nuestro rostro las caricias de unas ramas, de unas hojas que se desprenden del árbol, de unas gotas de agua que se deslizan de lo alto y caen sobre nuestra cabeza humedeciendo nuestro rostro. Tal ves, para recordarnos que el bosque esta vivo, que observa nuestros pasos y nos recibe con una gentil acogida.

Seguimos adentrándonos cada vez más y más en las espesuras de este fantástico bosque, donde los majestuosos robles parecen inclinarse a nuestro paso formando una especie de cortejo que nos lleva por medio de una selva, donde los líquenes, musgos y helechos se columpian de las ramas y los troncos jóvenes y no tan jóvenes de los árboles, de los salientes de las rocas, y de aquellos otros que se adhieren a la tierra y a las piedras del camino como alfombras vivientes.

Estamos ante un paisaje desnudo de exuberante belleza, de acentuados puertos, escarpadas montañas, llanuras que enmarcan el horizonte, sinuosas hondonadas que cobijan los verdes prados, y barruecos que emergen de la espesuras del bosque. Un paisaje donde los robles y fresnos que tapizan el accidentado relieve, se dejan acariciar por la lluvia y el viento que los mece.

En un momento dado, el bosque abre su denso ramaje y nos deja ver el encapotado cielo, los verdes prados que se extienden por las zonas bajas de la campiña, y junto a ellos, al compás de nuestros pasos, se escucha el susurro del agua que desciende en tromba de la Sierra de Béjar siguiendo el curso del río Cuerpo de Hombre, un río que se retuerce sorteando los accidentes naturales del terreno y los muchos sauces, alisos, chopos y fresnos que crecen en su orilla.

Cruzamos el río por un viejo puente, en el curso del río, descubrimos un hermoso bosque de ribera, viejos molinos restaurados que ya no muelen, cuyas piedras yacen en silencio como si el tiempo se hubiese detenido para siempre y las cicatrices que este dejó en ellas siguieran resollando las curtidas manos de la molinera en sus largos días de trajín y de molienda.

Pasado el puente, la Calzada Romana de la Plata se nos ofrece como un camino gentil cargado de historia, tomamos esta en sentido descendente, y disfrutamos de su antiguo empedrado, de los viejos y nuevos miliarios situados en los márgenes del camino, y de sus mil y una historia acaecidas en esta milenaria ruta construida por las legiones romanas.

Tinadas, cobertizos, paredes de piedra, y así hasta llegar al puente medieval de la Malena, por el que de nuevo hemos de cruzar el río Cuerpo de Hombre, para comenzar nuestro ascenso siguiendo el antiguo trazado, aunque muy destruido, de la calzada y alcanzar el Puerto de Béjar, divisoria entre Salamanca y Cáceres.

La pertinaz lluvia transforma el paisaje y lo desnuda ante nuestros ojos para que podamos apreciar todos los recovecos y detalles de este espacio natural de gran belleza, algo así como si fuera nuestro propio cuerpo esculpido en medio de la nada y examinado por intrépidos viajeros que transitan por el camino.

Un camino hollado antaño por carretas y carreteros que cruzaban la Península Ibérica de norte a sur con preciosos cargamentos de mineral, avituallamiento y otras mercancías con las que abastecían a las legiones romanas o con las que comerciaban en los pueblos situados junto a la ruta.

Los cercados, las paredes de piedra construidas por los campesinos, los viejos robles y los castaños centenarios que jalonan la calzada, nos hacen sentirnos protegidos del viento y de la lluvia que cae sobre mojado y empapa en silencio la tierra que hollan nuestros pasos. Un escenario sobre cogedor donde la naturaleza cabalga con el tiempo y la mano del hombre, tapando cicatrices allí donde este las abre y transformando el paisaje al ritmo de las estaciones.

Alcanzamos el puerto de Béjar entre ratos de lluvia y ráfagas de sol, un lugar de parada obligada para todo caminante que transita por la vía de La Plata, paso natural de la meseta Castellana hacia las tierras de Extremadura. Un paso que se abre en el espinazo de la Sierra de Gredos en su prolongación hacia el oeste peninsular.

Todo en este puerto es un poco melancólico, es como si el despoblado formase parte del pasado, de un pasado no tan lejano en el que los hacendados salmantinos venían a este lugar durante la estación estival, para disfrutar del fresco que ofrecen estos parajes durante el verano.

Por la Carretera Nacional, antaño muy transitada, apenas pasan ya coches, ahora toman la autovía de La Plata, la gasolinera esta casi siempre desierta y uno siente una sensación de melancolía y abandono, pues esta yace a la sombra de los viejos castaños que la rodean por la parte oeste, mientras el bosque del jardín del Conde lo hace por la parte norte.

La estación del tren de la antigua vía de La Plata, yace abandonada, sus andenes se hallan en silencio, la agujas del viejo reloj hace tiempo que se han detenido, y la alcachofa del agua con la que se llenaban los tanques de la maquina de carbón, no vierte ya agua, se encuentra inmóvil y oxidada por el paso del tiempo y el desuso. Los cambios de las agujas no indican ninguna dirección y permanecen oxidados y cubiertos por el monte. En las vías crecen las malas hierbas, y los arbustos se adueñan del espacios vacío que antaño ocuparon las mercancías.

La misma suerte ha corrido la antigua venta de Adriano, un lugar de parada, charla y encuentro entre caminantes, peregrinos y viajeros de todo pelaje que transitaban por la Vía de la Plata en dirección a Santiago o viceversa. En esta posada tenían lugar animadas charlas al calor del brasero, con la animada participación de las venteras que regentaban la posada, historias que ellas transmitían a otros caminantes y peregrinos que paraban en la venta.

El puerto natural de Béjar, es algo así como el paso del tiempo, un tiempo imparable, por donde no solo pasaron los viajeros, trotamundos y aventureros camino de alguna parte, también lo hicieron, y lo siguen haciendo, las nubes, el viento y la lluvia que sube del sur hacia la meseta, al igual que lo hacen los animales salvajes y domésticos.

Pasado el puerto, seguimos camino, y lo hacemos por el trazado de las antiguas vías del tren de La Planta, saliendo de la estación en dirección norte, seguimos un camino estrecho que discurre entre los raíles y el talud de las antiguas vías del tren. Unas vías que yacen cubiertas por la maleza y que se internan en las espesuras del bosque de robles, castaños y fresnos, maleza que ha crecido de forma exuberante en este tiempo de abandono del ferrocarril que antaño uniría la ciudad de Sevilla con el puerto de Gijón.

Caminamos entre huertos y frondosos árboles frutales, entre los que predominan los castaños, manzanos y nogales, para desembocar en las calles del señorial pueblo de Puerto de Béjar, cuyo caserío se encuentra en un pequeño montículo sobre las laderas de la sierra de Béjar, rodeado por bosques de aliso y robles centenarios.

Un paraje sobrecogedor que nos invita al sosiego y al disfrute de este enclave rural situado entre Castilla y Extremadura. Desde el caserío, se domina una amplia panorámica de las tierras sureñas de Salamanca y su accidentado relieve, mesetas esculpidas en el erosionado granito y montañas que enmarcan a capricho el paisaje castellano.

Puerto de Béjar, conserva una arquitectura muy peculiar, típicamente serrana, con casas de piedra de granito, de dos plantas, techos de teja roja, balconadas y voladizos de madera de castaño. Estas construcciones, típicas de la zona, se mezclan con grandes edificaciones que antaño fueron fabricas de textil y que yacen en la más absoluta ruina, donde el tiempo y los cambio sociales, han dejado marcada sus huellas para la posteridad.

De algunas de estas construcciones, se conservan esbeltas chimeneas de ladrillo que se elevan hacia el cielo desafiando la gravedad y la mano del hombre, monumentos industriales que nos llaman poderosamente la atención por su altura, y por que en su cúspide tienen su habita las cigüeñas blancas.

Como hemos mencionado, en Puerto de Béjar, destacan muchas de sus construcciones, de entre ellas cabe mencionar la iglesia del siglo XIV, de una sola nave, con su torre de campanas rematada en lo alto por una escultura blanca de un cristos. En la puerta sur, se encuentra un pequeño jardín y un poyo corrido que nos sirve para tomar un descanso y degustar las últimas viandas que nos quedan de este viaje.

Pasado el pueblo de Puerto de Béjar, cruzamos la antigua carretera nacional y bajamos por un viejo camino empedrado hasta el arroyo, cruzamos este por un puente de piedra y ascendemos hasta la ermita de Santa Bárbara. En este tramo del camino, los nogales, los castaños, los líquenes y musgos, juntos con las hojas caídas del otoño, conforman un ambiente de extraordinaria armonía y sosegada belleza que nos hace aminorar el paso y deleitarnos con el agua que fluye bajo el puente y emana de los barrancos.

Pasada la ermita de Santa Bárbara nos encontramos con unas aisladas edificaciones situadas en medio del bosque, es un albergue utilizado solo durante los veranos como campamento para niños, sin duda un hermoso lugar para que estos disfruten de la naturaleza y aprendan de ella.

Pasadas estas edificaciones, continuamos camino por el margen de la carretera, y lo hacemos durante unos 200 m. a esta altura, un poco difuso, sale, por nuestra izquierda, un viejo sendero que se interna en el joven bosques de robles, y lo hace entre dos paredes de piedra. Sin dejar el sendero y tras cruzar pequeños regatos, acequias, prados donde suele pastar el ganado domestico y corretean los zorros jóvenes, siempre rodeados por bosques, llegamos al pueblo salmantino de Cantagallo.

Entramos en Cantagallo en animada charla, el sol ya predomina sobre las nubes y la temperatura ambiente es muy agradable. Como el propio Puerto de Béjar, Cantagallo es una típica población serranas con calles empedradas y estrechas, casas de dos plantas que combinan la madera de roble y castaño, con la piedra de granito, y el enrejado de las ventanas. La población se encuentra recostada sobre la ladera de la sierra de Béjer mirando hacia el norte, lo que permite a su vecinos disfrutar de una bella panorámicas de las tierras del sur de Salamanca, incluido la comarca de la Sierra de Francia y los valles que conforman el río Cuerpo de Hombre, el río Francia y la cabecera del río Alagón.

Sobresale de las demás contriciones de Cantagallo, la iglesia parroquial, toda ella construida con piedra de granito extraída de las canteras próximas al pueblo, una construcción, como las propias casas, fía y solitaria a pesar de su reciente restauración. Por las calles, todas peatonales, pues no hay ni coches ni peatones, solo gatos y algún perro, paseamos durante un rato y conversamos sobre el futuro de estos pueblos la mayor parte del año abandonados por sus antiguos habitantes.

De la parte alta de Cantagallo, pasada la fuente de las grandes caños, junto al deposito del agua, arranca un sendero que sube en dirección este por una calleja, pasa junto a un bosquecillo de pinos y continua hasta ganar un poco de altura, donde encontramos una primera cancela. Ni que decir tiene que la panorámica que se tiene desde este punto, son excepcionales, en especial del Castañar de Béjar, una enorme masa forestal que cubre toda la vertiente norte de la sierra, y baja hasta los pueblos y los meandros que vierten al río Cuerpo de Hombre.

En este punto del recorrido, el camino yace un poco difuso, por lo que se hace necesario buscarlo a conciencia pues la pista finaliza de forma brusca y delante nuestro solo nos encontramos con monte bajo y algunas paredes de piedra. Tenemos que emplearnos a fondo para encontrar el sendero que discurre entre las retamas antes de adentrarnos en el bosque y enlazar con una calleja un tanto perdida por la vegetación que es por donde discurre el camino del castañar.

Un día en el que el bosque fue siempre el protagonista, por sus olores, contrastes y sonidos, que se repiten en la mayor parte de la ruta, y aunque las especies cambian, no lo hacen las sensaciones que perciben nuestros sentidos al caminar en silencio embelesados por este inmenso mar de vegetación. Al principio del camino predominaban los robles, después los fresnos, y ahora lo hacen los castaños, y lo hacen de forma espectacular, vestidos de amarillo intenso, rojo, marrón y ocre. Todo un espectáculo visual para el disfrute de nuestros sentidos, que en muchos casos permanecen aletargados.

Como ya hemos comentado, esta parte del camino es un tanto complicada ya que el mismo no se encuentra muy bien definido, primero lo hace por la calleja encajonado entre un denso bosque, y en algunos caso, el bosque es de rivera, y en otros es de árboles centenarios. En un punto el camino forestal hace una curva cerrada y jira hacia la izquierda para orientarse en dirección al Cedro. Nos queda poco tiempo para hacer una visita a este singular árbol, sin lugar a duda, el rey del castañar de Béjar. No obstante nos acercamos un momento para hacerle una visita y disfrutar de la belleza de esta especie vegetal y de la serenidad y energía que transmite al posar las manos sobre su corpulento y rugoso tronco.

Retrocedemos unos metros hasta encontrarnos con una portera, donde aparece la marca del sendero, pasamos esta y continuamos camino entre dos paredes. La tarde llega a su fin y a nosotros todavía nos queda un trecho para llegar a la fuente del Lobo donde finaliza la ruta por el bosque encantado de Béjar. Aceleramos el paso hasta encontrar otra bifurcación más del camino, que como la anterior también siembra las dudas en el grupo, tomamos por la derecha.

El sendero en este último tramo, se interna en las espesuras de un denso bosque, de muy variadas especies vegetales, con árboles centenarios que se mezclan con otros más jóvenes, lo que hace que parezca que la noche se cierne con rapidez sobre el camino, por este motivo intuitivamente apretemos el paso por si tropezamos con algún animal salvaje de los muchos que tienen su habita en estos parajes.

En todo caso el sol ya se ha puesto y la noche cae lentamente sobre el bosque de Béjar dejándonos el tiempo justo para llegar al merendero donde se encuentra la fuente del Lobo, fuente que no para de manar por la boca del lobo, de hay su nombre, seguro el lugar rememora alguna de las muchas historia relacionadas con el hombre y este animal, propias de la mitología rural. Desde el merendero tenemos una estupenda vista de la ciudad de Béjar que yace iluminada a esas oras de la tarde noche, un regalo más para nuestro día de disfrute y fuertes sensaciones por el bosque encantado de Béjar.

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