Sierra Nevada, a través de la realidad de un sueño

El Rincón del Trotamundos.

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Las segundas montañas más altas de Europa, después de los Alpes, son poco conocidas para los viajeros y trotamundos que visitan la comunidad autónoma de Andalucía.  También para aquellos que practican algún deporte de aventura en la montaña, y sienten el deseo de conocer y preservar la naturaleza, especialmente aquellos lugares desconocidos, y perdidos en el tiempo. Impresionantes cimas de roca, hielo y nieve, cinceladas por el tiempo, se yerguen como catedrales en el macizo de Sierra Nevada, lo hacen frente a las azules aguas del Mediterráneo que yacen apacibles separando dos continentes. De sus verticales paredes, chorreras, corredores y cascadas, penden en invierno, ríos de hielo, que se funden en los primeros días de  la primavera, para dar paso a una orografía de escarpadas y hermosas pendientes, con torrentes de agua y abundantes lagunas de origen glaciar.

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Además de Parque Nacional, Sierra Nevada fue declarada en 1986 Reserva de la Biosfera. En este caos de la naturaleza, viven numerosas plantas, insectos y animales, que durante las glaciaciones que cubrieron, la mayor parte del continente Europeo, emigraron hasta esta isla de Andalucía, donde se quedaron para siempre, atrapadas en este macizo montañoso, donde el clima les propicio. Donde aun hoy, a pesar del evidente deterioro ecológico y paisajísticos que sufre Sierra Nevada, existe un microclima que les permite seguir viviendo y reproduciéndose como lo hacían hace miles de años en otras latitudes más al norte de Europa.

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El macizo montañoso de Sierra Nevada, es un autentico monumento de la geología. La parte central del macizo en el cual se hallan las principales cumbres de Sierra Nevada, esta formada por esquistos o pizarras metamórficas, conocidas vulgarmente como “Lastras”. En esa parte central de la sierra, se encuentran los picos más alto de la Península Ibérica; el Mulhacén, 3.483 m. El Veleta, 3.398 m. La Alcazaba 3.366 m. Los Machos, 3.327, así como otros 25 picos que sobrepasan los 3.000 m. de altitud. Estas montañas, configuran una cadena montañosas que separa la vertiente meridional de la sierra, cuyas aguas van a parar al Mediterráneo, de la vertiente septentrional, que lo hace al Atlántico.

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Sierra Nevada no solo es el segundo macizo más alto de Europa, tambien es el único que en estas latitudes, conserva en sus relieves las huellas dejadas por las ultimas glaciaciones del cuaternario. Toda la vertiente  norte del macizo hasta alcanzar cotas que superan los 2500 m. son un hermoso ejemplo del trabajo paciente y dilatado de los glaciares y sus ríos de  hielo, que cubrieron la mayor parte de la sierra durante siglos, siendo en la actualidad, el único macizo montañoso más meridional de Europa que conserva, durante todo el año, nieves perpetuas.

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Frente al mediterráneo, junto a la histórica y hermosa ciudad de Granada, la naturaleza pródiga en grandiosos monumentos, esculpió esta monumental obra geológica; como testigo de su tiempo, y la fue  moldeando paciente y con capricho, sin prisa pero sin demora a lo largo de millones de años. Es por ello,  un monumento frágil, sensible que aunque parezca lo contrario, se deteriora con facilidad, sin que apenas nos demos cuenta. Es lo mismo que sucede con los monumentos levantados por el hombre en la ciudades cercanas a Sierra Nevada; alcázares, mezquitas, palacios, torres y catedrales, construidos  hace cientos de años, a los pies de este frágil y fascinante mosaico geológico, de riquezas excepcionales.

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Los recuerdos vuelven con el transcurrir del tiempo

Cuando el tren se detuvo en la estación de Granada, los rayos del sol se adivinaban por encima del murallón de Sierra Nevada, la luz anaranjada del sol naciente, teñía de colores las nubes que durante la noche habían cubierto el cielo y ahora coronaban las atalayas de la sierra y las sombras  que un pervivían, se retiraban para dar paso a la luz radiante del nuevo día; era una batalla entre la luz y las tinieblas, entre el pasado y el presente, entre el esplendor y la melancolía.

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La escarcha caída durante la noche sobre los tejados, las fuentes y los jardines, aún cubrían la ciudad de Granada y se dejaba sentir en el empedrado mientras caminaba por las estrechas y desiertas calles del barrio del Albaicín, de sabor arábigo andaluz. En aquellas frías horas del amanecer, solo algunos gatos salían al paso, lo que le daba un mayor encanto a la ciudad. Aquel no era un día cualquiera para Granada, como tampoco para otras muchas ciudades que había dejado atrás durante el viaje. Sus calles, aunque vacías a esas horas de la mañana, yacían engalanadas y denotaban que la ciudad se preparaba para recibir la Navidad. Solo un loco aventurero podía ser “indiferente” a tan señalado día.

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Aprovechar esta fechas de navidad para conocer los encantos que esconden las cimas y atalayas de Sierra Nevada, puede parecer una tontería, o una perfecta locura, pero no lo es, como no lo es el aprovechar estas fechas, cuando la gente solo se preocupa de los regalos y las comilonas, para visitar los lugares más bellos y emblemáticos de Granada, contemplar los tesoros que la ciudad guarda dentro de si; La Alhambra, el Generalife, el Palacio de Carlos V, el barrio del Albaicín, y otros monumentos que esconde con pudor Granada.

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Es posible que sean estas las únicas fechas en las cuales uno pueda visitar los monumentos a pleno placer y recrearse con su contemplación, viviendo a través de sus paredes y espacios abiertos, la historia y la vida que representaron  los personajes de su época. Ver estos tesoros vacíos, sin un solo turista en su interior, permite admirar todas y cada una de las bellezas que estos monumentos guardan entre sus palaciegos muros, jardines, estanques y espacios abiertos entre sus arcos y celosías.

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Camino de Sierra Nevada

El sol comenzaba a declinar y las sombras alargadas de los desnudos troncos de los árboles que se levantan a ambos lados del camino, se prolongaban hasta perderse en la infinidad del paisaje, mientras ascendía por La Vereda de la Estrella en dirección al Refugio de la Cucaracha. Con las ultimas luces de la tarde pisándome los talones, atravesé el curso del río Genil, dejando a tras el refugio del Tío Papeles y ascendía por la interminable Cuesta de los Presidiarios, el ultimo escalón antes de llegar al Refugio, situado este en un lugar privilegiado de la naturaleza, para deleite de los humanos y la contemplación de los dioses.

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Alcancé el refugio cuando la tarde  caían sobre los valles, y las nubes que durante el día habían cubierto  parte de la cara norte de Sierra Nevada, se deshacían en jirones para dejar paso a los últimos rayos del sol, que con luz anaranjada, acariciaban con suavidad, las desnudas atalayas de la sierra. Era el momento culminante del día, el momento en el que  la luz aun triunfa sobre la sombras, los espíritus sobre la vida, y  los recuerdos de los momentos vividos en estas montañas, volvía a raudales.

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Estoy ya, frente al Refugio de la Cucaracha, no sin haber realizado un duro esfuerzo, y tengo ante mi, los grandiosos murallones de roca y hielo con los que tanto he soñado, estos se alzan en forma piramidal buscando un hueco en el cielo. No era un sueño, era una realidad, aunque esta fuera también la realidad de un abismo, al fin y al cabo, los sueños parten siempre de profundos y negros abismos, abismos que día a día hemos de superar.

Mulhacén Sierra Nevada

Sin duda, es un privilegio encontrarse un atardecer de Navidad en este refugio de montaña, de paredes negras, frías y desnudas, de amplios espacios vacíos, de silencio llenos de historias, casi a las puertas del cielo, rodeado de bosques, profundos valles, y recortadas laderas. En el horizonte, aparecían las siluetas de las montañas recortadas en el fondo púrpura del cielo que daban al paisaje una belleza mágica. Un momento de poesía, de añoranzas, de recuerdos tristes ya pasados y de sueños cumplidos que se alejaban con el viento que acaricia las copas nevadas de los pinos.

Laguna de la Mosca, Alcazaba, Sierra Nevada

La Navidad había pasado y con ella se esfumaron  las nubes que durante los últimos días habían cubierto el cielo y las cimas de Sierra Nevada, no sin antes haber dejado las huellas de su paso, el blanco regalo de la Navidad, una densa capa de nieve polvo cubría los profundos rincones de la sierra. El día de la partida hacia las cimas había llegado; al alba el aire era tan trasparente como el cristal, el cielo de un azul puro, la nieve era blanca casi trasparente, las cimas parecían estar más cerca que en los días anteriores, y la quietud que reinaba era de otro mundo.

Picos de Los Machos, El Veleta, Sierra Nevada

Al partir del  refugio en el que recuperé energías para los días venideros, en el cual había pasado un día con  dos noches, comencé a ascender por las pendientes nevadas hacia la laguna de Vacare. En aquel brillante amanecer, todo era optimismo y deseos de llegar lo más pronto posible a la cumbre más altas de la sierra, el Mulhacén. Es cierto que la poesía estimula el alma humana, pero que yo sepa, poco o nada hace por  el cuerpo y los músculos, y para acceder por la Loma del Calvario, es preciso estimular además del alma, también la mente y el cuerpo, más  aún, después de tan intensa nevada.

Pico Mulhacén, Sierra Nevada

Empecé a caminar ascendiendo lentamente, sin prisa, recreándome con el grandioso paisaje que a mis  ojos atónitos,  ofrecían las cada vez más próximas paredes nevadas del Puntal de Vacares, la Alcazaba y el Mulhacén. Al mismo tiempo, las sombras que aun cubrían la parte norte de la sierra, y cabecera del río Genil, iban dando paso a una luz cegadora que inundaba por momentos los abismos, que comenzaban a levantarse  a mis pies. La subida por los barrancos de la Loma de Vacares, no es demasiado dura, solo que en todo su tramo, desde que se parte del Refugio de la Cucaracha, no ofrece ni un solo momento de  respiro, ello solo es posible cuando se alcanza la Cuneta de Vacares, ya en la cota de los 3.000 m.  y se da vista a la Laguna de Vacares, y  la vertiente Este de la sierra.

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Cuando alcancé este punto, el sol se situaba ya, en la frontera del medio día, y en su trayectoria coincidía con la cima de la Alcazaba. El silencio era sepulcral, ni tan siquiera los suspiros y lamentos de la princesa mora encerrada por el Rey moro en su Palacio de cristal, bajo las aguas de la Laguna de Vacares, para alejarla de su príncipe encantado, se escuchaban en estas horas del medio día. A lo lejos, la mirada orientada hacia la el Este, se perdía en sucesivas laderas nevadas y en los profundos valles, para detenerse en los deslumbrantes y anaranjados reflejos del sol, al proyectar su rayos sobre las  azules aguas del mar Mediterráneo.

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Ascender hasta la cima del pico de la Alcazaba pasando por el Puntal de Vacares y la Laguna del Goterón, con nieve dura, es casi un paseo, pero se trasforma en toda una hazaña cuando la nieve polvo cubre hasta la rodilla, y el peso de la mochila comienza hacerse sentir. Con todo, era un enorme placer caer de vez en cuando por las pendientes nevadas y revolcarse en aquella nieve limpia, pura, y virgen, y avanzar dejando la huella dubitativa de los pasos a lo largo de un camino incierto.

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Tras alcanzar la tercera cumbre más elevada de Sierra Nevada, La Alcazaba, desde la cual, la panorámica de todo el macizo, barrancos y laderas que surgen en su entorno, es impresionante. Desde la cumbre nevada de la Alcazaba, se contempla en toda su plenitud la integral de Sierra Nevada. En eso momentos, uno siente que el suelo que yace bajo los pies tiembla, se estremece, y un escalofrío recorre el cuerpo al pensar que esta atalaya se yergue hacia el cielo desde las profundidades del mar.

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La luz del sol comienza a declinar, y aun queda camino hasta llegar ha nuestro objetivo, la Cueva Refugio de Siete Lagunas situada en la vertiente este del Mulhacén. Con la caída de la tarde han comenzado a aparecer densas y negras nubes que suben desde el Sur de la sierra por los valles cercanos, nubes que presagian tempestad, quizás solo sean pasajera, y cuando la luna aparezca por el horizonte, estas se rompan en mil pedazos, tal ves sea un deseo más que una realidad.

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El frío en este atardecer es intenso, a pesar de que el viento sigue en calma, me detengo para tomar aliento, las piernas comienzan a fallar, y los músculos se agarrotan, consulto mi termómetro, colgado de la mochila, 11 grados bajo cero. No es una temperatura muy halagüeña para pasar la noche bajo el acogedor techo de las estrella. Tengo que esforzarme para llegar hasta la cueva, pero donde estaba la maldita cueva. Tendré que emplearme afondo para dar con ella, tarea nada fácil bajo la enorme pala de nieve que cubren por completo el espacio de  la Cañada de Siete Lagunas. El mayor problema era que no conocía el emplazamiento exacto de esta cueva y con la nieve, todo había cambiado, solo tenia algunas referencia, esta se encontraba bajo un montículo de roca y piedras, en la parte baja de la última de las siete lagunas.

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El tiempo apremiaba, las sombras de la tarde, caían con rapidez sobre la hondonadas de este circo, y las nubes en su afán por ascender desde los valles, intentaban cubrir la zona donde supuestamente se encontraba la cueva. Después de un exhaustivo trabajo de rastreo por todos los montículos y salientes del lugar, encontré bajo la nieve lo que parecía ser una  cabida, y  al momento pude comprobar, cuando retire la nieve que cubría su puerta, que me hallaba frente a la cueva que tanto había buscado. Saque parte de la nieve que se había colado dentro, y la acondicione lo mejor que puede, tome agua de las inmediaciones  que aun no se había helado, y me dispuse a pasar la noche en aquel acogedor aposento  de  la naturaleza, construido de piedras, hielos y nieve.

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Aquella noche fue quizás la más larga de cuantas he pasado en la montaña, duró dos largos días con tres noches. Exactamente el tiempo que duraron las fuertes nevadas y los vientos huracanados que azotaron con intensidad el Macizo montañoso de Sierra Nevada, bajo un frío de muerte. Al día siguiente de mi estancia en la cueva el agua que corría por el río se había helado por completo, y tenia que derretir la nieve que había dejado en el interior para poder beber. Al tercer día, cuando ya comenzaba a impacientarme, y el frío comenzaba a cosquillear en los riñones, las nubes comenzaron a descender y tomaron el camino que habían traído, la luz cegadora del sol, volvió sobre las pendientes nevadas del Mulhacén y la Alcazaba iluminando el circo de Siete Lagunas.

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Ganando terreno a la nieve polvo, palmo a palmo, que en cantidades enormes yacía recién caída sobre la ladera Este del Mulhacén, y sin demasiada confianza en las fuerzas de mis músculos, comencé a subir hasta alcanzar la cima de esta montaña, en la cual yacían esculpidas al viento enormes estelas de hielo de impresionante textura, moldeadas caprichosamente por el viento, en un fino cristal de hielo, eran las huellas visibles dejadas por la pasada tempestad que había azotado Sierra Nevada mientras yo yacía refugiado en la cueva.

El paisaje que podía contemplar desde lo alto de esta mítica y excepcional atalaya, era sobrecogedor. Son momentos que se viven pero imposibles de describir en una hoja de papel, no solo por hallarme en la cima más alta de la Península Ibérica, también, por todo cuanto en aquel momento irrepetible me rodeaba. Aunque la tempestad se había retirado momentáneamente de las cimas, densos cúmulos de nubes blancas se erguían como pirámides en torno a la sierra, lo que hacía presagiar que la tormenta volvería aparecer en cualquier momento. En esos instante, uno comprueba que la realidad que estas viviendo, supera a la imaginación, y el delirio, la alegría, la satisfacción de estar viviendo ese sueño irrepetible, te embarga en una delirante emoción que no puedes controlar.

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Que frágiles son tus cristales, se construyeron en una noche, con los materiales más ricos y nobles de la tierra; el agua, la nieve y el hielo. Labrados por las sabias y expertas manos del viento, en las sórdidas noches de invierno, alumbrados por la luz de las estrellas que se asoman en el cielo. Al contemplarlos, sientes lo frágil de su textura, la armonía de su orden, y te embarga el deseo de conservarlos en el museo común de lo eterno; pero al deslizar tus calidad manos sobre esas delicadas piezas de arte, observas el vibrar de tu cuerpo y el temblar de tu tacto, al comprobar la fragilidad de esta bella obra del viento, realizada en una noche de sueños, con el trabajo común de todos los elementos.

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El tiempo pasaba rápido, contemplando aquellas bellas y surrealistas imágenes;  sin darme cuenta  que el día comenzaba a declinar, y las nubes, en continuo movimiento, no daban tregua, y subían y bajaban con  la rapidez que lo hace el  viento, preparadas para engullirlo todo en el momento en el que el sol comenzara a declinar hacia el horizonte. Pasar la noche en la cima del Mulhacén, hubiese sido una alucinante experiencia. Pero estos pensamiento que acudían a mi mente, se desvanecían con la misma rapidez que avían venido, al contemplar aquellas petrificadas estatua de cristal que yacían esculpidas por el viento; no era nada difícil imaginarse a uno mismo petrificado al día siguiente dirigiendo la mirada fija hacia el infinito.

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Había llegado el momento de abandonar aquel museo del viento y el hielo, y dirigirse con rapidez hasta el Refugio de la Caldera, que aunque aparentemente cerca aún me separaba una distancia considerable. El descenso del Mulhacén, se hacia rápido, pero las nubes y las sombras que la acompañaban eran, más rápidas que mis pasos, y la nieve polvo que se acumulaba en la cuenca de la Laguna de la Caldera, era tal que por momentos desaparecía enterrado en sus profundidades y aparecía cinco metros más abajo. Aquellos momentos surrealistas eran casi grotescos; allí estaba yo y la nieve a brazo partido, luchado a ver quien vencía a quien, en mi afán por salir de allí y remontar hasta la cuerda. Mientras esta escena tenía lugar, en aquel teatro sin espectadores, las nubes habían aprovechado el momento para envolverme en su manto y dejarme sin camino, referencia, ni horizonte.

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Así caminando en una supuesta línea imaginaria dirección Oeste, y cuando ya la oscuridad cubría por completo las pendientes de nieve, y el apacible atardecer se había transformado en un autentico infierno de ventisca, y la incertidumbre comenzaba a dejarse sentir, descubrí entre mi asombro, la figura semienterrada del Refugio Vivac de la Caldera. Durante unos momentos me quede clavado frente aquella imagen deseada y buscada con ahínco minutos antes, sin saber que hacer, si saltar, reír, llorar o correr hacia su puerta. Lo que siente uno en esos momentos no es posible sentirlo en ninguna otra circunstancia de la vida, es como si alguien te regalara uno de tus mayores deseos y cuando lo tienes ante si, dudas y no sabes que hacer con ello.

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Al día siguiente mi idea era continuar la travesía en dirección al Refugio de Elorrieta, y pasar en este la noche vieja, pero al amanecer, el día era limpio, el aire imperceptible, el cielo de un azul intenso y las primeras luces del sol, teñían de color naranja las hermosas cresterías de los Raspones de Río Seco, lo que invitaba, más que a marchar, a quedarse y disfrutar de aquel espectáculo de color, serenidad y silencio, y de paso intentar hacer alguna ascensión por el entorno del Mulhacén.

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El día transcurrió como había amanecido, con una temperatura inimaginable la noche anterior, que aproveche para llegarme al puntal de la Caldera, bajar hasta Juego de Bolos, realizar una travesía por la laguna de la Mosca y subir por la arista Este a la cima del Mulhacén, y recrearme de nuevo, observando las petrificadas estatuas de hielos que aun yacían en su cima esperando. Ya devuelta en el refugio, la luz brillante de la luna iluminaba  las siluetas  de las cumbres nevadas bajo un denso frío, lo que invitaba a quedarse fuera y contemplar el cielo.

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A las primeras luces del alba, reanude la marcha, en dirección al Collado de La Carihuela. El día era gris, a pesar de lo cual en la sierra aun reinaba la calma, algunas nubes altas enmarañaban el cielo. Mientras marchaba, a mi espalda las primeras luces del sol  se asomaban por el horizonte, y reflejaban sus colores en las aguas del Mediterráneo, que a esas horas de la mañana,  yacían quietas sobre la superficie por las cuales navegaban los grandes mercantes que atraviesan el estrecho de Gibraltar que separan África de Europa.

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Cuando llegué a La Carihuela, las pistas de esquí de Borreguiles, aun yacían vacías sin esquiadores, mientras las máquinas se apresuraban  asentado la nieve polvo para recibir a los esquiadores. En La Carihuela, me despedí de los montañeros del Club Alpino de Sevilla, que me habían acompañado hasta allí, y me dispuse a ascender a la cumbre del Veleta. Permanecí en su cima un tiempo considerable, contemplado la integral de Sierra Nevada, donde se suceden las afiladas aristas y las cimas nevadas que se encadenan hasta perderse en el horizonte. Un espectáculo inolvidable, lleno de recuerdos y de emociones vividas. Sumido en estos pensamientos, no me di cuenta de que las nubes comenzaban a engullir  la sierra, y en menos de un soplo, cubrieron todo el macizo, dejándome con la mirada perdida en el horizonte.

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El refugio de Elorrieta situado en los Tajos de la Virgen, no quedaba demasiado lejos y malo seria que durante todo el día no se abriera algún claro entre las nubes que dejaran ver el cielo, para poder llegar hasta el con relativa facilidad, siguiendo la crestería de los tajos de la Virgen. Descendí del Veleta, lo más rápido que pude para tomar la arista, era la forma más segura de no desorientarse en medio de las nubes y llegar hasta el refugio sin perder el rumbo. Este recorrido no ofrece mucha dificultad, salvo algunos pasos complicados, toda la marcha se hace por la divisoria,  con la condición de que tenga mucha nieve, y haya  buena visibilidad, esta última condición no se cumplía este día.

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Es normal que estas afiladas aristas soporten durante el invierno enfurecidas ráfagas de viento que procedentes del Atlántico y se estrellan contra estos murallones de roca, de más de tres mil metros de altura, formando  en sus cimas, enormes costras de nieve-hielo. En seguida, dejándome llevar por la euforia, y el deseo de llegar lo antes posible al refugio, me sumergí en esta vorágine de salientes rocosos y nevadas laderas, de subidas y bajadas. Cuando me hallaba metido en todo el marasmo, las nubes se aliaron con el viento y comenzaron a echar un pulso a las montañas que intentaban impedirles el paso, y como es de suponer, todo termino como el rosario de la aurora.

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El viento soplaba con fuerza arrastrándome hacia los enormes tajos que se abrían a mis pies; con el aliento helado y la noción del tiempo perdida, me  encontré en un momento, sin saber como ni cuando, en el techo del Refugio de Elorrieta, pensando que aun me hallaba encaramado en alguno de aquellos bloque de hielo y roca que me impedían el paso. Llegar hasta el refugio no había sido nada fácil, en medio de una infernal ventisca, pero encontrar la puerta de este  y romper la capa de hielo que la cubrían, resulto ser una tarea nada fácil, labor que se complicaba al haber dejado los últimos visitantes del refugio, la puerta abierta, colándose la nieve y el hielo en  su interior.

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El Refugio de Elorrieta, situado a 3.184 metros, es el más alto de España, ofrece una de las vistas de paisajes de montaña más sobrecogedoras que conozco de mis andanzas por las montañas de la Península Ibérica. Las bajas temperatura que soporta esta antigua construcción, durante las invernadas, y los viento huracanados que lo azotan, hacen de este refugio, medio en ruinas, uno de los lugares más fríos de esta cordillera. Durante los  inviernos sus paredes y ventanales exteriores, permanecen cubiertos de una gruesa capa de hielo, al igual que otra fina  lo hace con los techos abovedados de su interior, extendiendo por ellos, un velo casi imperceptible.

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Los hielos que cubren el refugio, cambian de forma con el paso del día y de la noche, variando de grosor, según la nieve y el viento. Siendo frecuente que la temperatura en su interior se mantenga a unos cuantos grados bajo cero, y la de su exterior,  alcance los catorce o veinte grados bajo cero. Durante la noche los vientos helados soplan sin cesar y la nieve se transformaba con rapidez en hielo, cubriendo el hueco de la puerta, por lo que en unas horas todo el refugio queda como una cámara de hielo sellada.

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A la mañana siguiente tuve que romper de nuevo la gruesa capa de hielo que durante la noche cubrió la puerta, y retirar la nieve acumulada para poder salir al exterior. Y aunque las nubes pasaban a gran velocidad y se deshacían por momentos en mil pedazos, el viento huracanado que había soplando durante la noche con fuerza, seguía barriendo las laderas Oeste de la sierra, arrastrando una densa polvareda de nieve polvo.

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Durante las tres primeras noches que permanecí en el Refugio de Elorrieta, nevó copiosamente y por las mañanas, cristales de hielo azul de bella ornamentación cubrían por completo las paredes y ventanales, transformándose  durante el día, en delicadas piezas de orfebrería, al tiempo que lo hacia la rotación del sol, cubriéndolos, de un denso color  anaranjado  cuando el cielo se bestia  de un color púrpura, y las nubes se trasformaban en maestras pinceladas de arte. Momentos en los que la mirada se perdía  atónita en el horizonte, sin saber donde detenerse para contemplar tan increíble  belleza.

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Si alucinante era el espectáculo que nos ofrecía durante el día este lugar en el que se halla situado el refugio, el espectáculo de la noche, cuando las nubes se retiraban, era sobre cogedor, cientos, miles de lucecitas tintineantes se esparcían por todas partes hasta perderse en multitud direcciones en las que uno orientase la mirada. En medio de esa orgía de color, aparecían las luces de la ciudad de Granada que proyectaban su intensa luminosidad hacia el cielo como si de un incendio se tratase.

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En el mar, los barcos que navegaban sin “rumbo” se alejaban en medio de una  masa de agua. Pero el mayor espectáculo se hallaba en el cielo, en el cual miles de estrellas observaban con curiosidad, y hacían guiños, invitando a subir con ellas hasta el espacio estelar. El cielo era de un azul oscuro limpio, puro, trasparente, las estrellas y los planetas parecían como si estuviesen tocando el techo del refugio, nunca antes avía visto un espectáculo semejante, incluso contemplando este derroche de hermosura de la naturaleza, uno se olvidaba del gélido frío que soplaba subido en esta atalaya de Sierra Nevada.

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Como sucede con todo aquello que conocemos en la vida y al instante  quedas prendado por su belleza, y llegado el momento, debes separarte y partir, quizás para siempre,  las tristeza nos embarga y nos inunda el alma con un profundo sentimiento de pena. Esto es lo que me sucedió cuando al día siguiente ascendía por la cornisa del Tosal del Cartujo y dejaba atrás  el Refugio de Elorrieta,  y con él los momentos tan maravillosos vividos en aquel lugar, durante los tres días, con tres noches, que había permanecido allí.

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Cuando tu ya no estés, el viento recordara tu nombre, cuando tu ya no rías yo te seguiré escuchando, y en sueños recordare los días en los que la luz del amanecer dibujaba tu imagen allá junto a las olas del ancho mar, y tu nombre sonara como un sueño en la eterna soledad. Lo escribí hace mil años pero parece como si lo hubiese escrito hoy, por eso, por que tu ya no estas, yo te seguiré escuchando en mis sueños desde esta atalaya que mira al mar y se eleva sobre la tierra.

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La travesía por Sierra Nevada había llegado a su fin y el pico del Caballo es lugar apropiado para echar una mirada atrás, contemplar las huellas de los pasos dejadas en la nieve que aun no había borrado el viento del Oeste. Mirar hacia el horizonte y subir hasta la cima del Caballo, y disfrutar a placer en la bajada el pueblo de Nigüelas, dejando las huellas en una nieve helada que gemía como un animal herido al tomar contacto con las afiladas puntos de los Crampones y el piolet.

Sierra Nevada ofrece a los amantes de la naturaleza y los deportes de Aventura, muchas posibilidades para disfrutar de sus deportes favoritos; esquís de travesía, escalada en hielo y roca, ascensiones invernales, grandes travesías, y esquís de pista en la estación de Pradollano. Con la ventaja de que en Sierra Nevada, la mayor parte del año, el tiempo suele ser bueno, con nieve en abundancia y muchos días de sol en los que disfrutar de fantásticos paisajes.

Para acceder a la sierra, se puede partir de diferentes puntos de la provincia de Granad y Almería, pero el que ofrece una mayor comodidad, por su fácil acceso, emplazamiento y servicios diversos, es la parte oeste del macizo siguiendo la carretera que sube a la estación de Pradollano situada a 2.078 metros de altitud.

En la estación de Pradollano podemos encontrar todo tipo de servicios, incluido alojamientos y restaurantes. La plataforma Wimdu ofrece en la estación una gran variedad de apartamentos en los que alojarse durante los días que pasemos en Sierra Nevada practicando algún deporte de aventura, o haciendo turismo, con precios asequibles y puntuales ofertas.

 

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