Matalascañas – Sanlúcar de Barrameda

El Rincón del Trotamundos. Fotografías: Antonio Rodríguez

 

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Caminos al borde de los espacios dunares, por solitarias playas de cálida arena, donde el mar borra al instante las huellas de nuestros pasos. Un cálido sol de poniente que cabalga sobre las ardientes dunas, arenas retenidas por los pinares marítimos que se agrupan en los corrales, y una suave brisa procedente del mar que acaricia nuestro desnudo cuerpo.

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Esta parte de la costa, esta integrada en el entorno del Parque Nacional de Doñana, y es la continuación, hacia saliente, de la línea litoral que baña el mar Atlántico, entre la desembocadura del río Guadalquivir y la urbanización de Matalascañas. El entorno de esta playa es un mosaico de ecosistemas donde están representadas la mayor parte de las especies vegetales y animales de este espacio natural: geología, dunas marítimas, humedales, clima, paisaje, flora y fauna.

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Matalascañas se asoma al mar Atlántico en medio de un impresionante paraje de salvaje naturaleza. Hacia poniente encontramos la playa del Asperillo donde se encuentran las torres medievales de la Higuera y el Loro, esculpidas ambas en medio de la solitaria playa. Siguiendo la línea de costa y los acantilados de arenisca, se llega hasta la población de Mazagón, un paseo de mar, de soledad y silencio.

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Matalascañas es un punto estratégico para disfrutar de alguna actividad de turismo de aventura por la zona, tanto en el Parque Nacional de Doñana, como en los entornos naturales del premarque. Tambien podemos disfrutar durante nuestra estancia en Matalascañas de la rica gastronomía de la zona, empezando por el pescado fresco que se sirve en alguno de los chiringuitos que hay por el paseo marítimo. En Matalascañas hay un amplio servicio de confortables hoteles donde alojarse y descansar,  durante el tiempo que pasemos en la zona realizando alguna actividad o tomando el sol: visitas turísticas, recorridos guiados por El Parque Nacional de Doñana, Rutas en Bicicleta, de senderismo, o practicar algún deporte de agua.

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RUTA EN BICICLETA O A PIE 

La playa del Coto de Doñana, se extiende desde la desembocadura del río Guadalquivir hasta la población de Mazagón. Más de 50 kilómetros de salvaje arena, donde se alternan los acantilados de arenisca, con las masas forestales que hacen de contención al avance de las dunas. De estos cincuenta kilómetros de playa virgen, treinta son los que separan Matalascañas de Sanlúcar de Barrameda, sin más rastro de vida que la que ofrecen los coquineros (pescadores de almejas) y los animales salvajes que se aventuran hasta esta franja de arena, la única de nuestro litoral que permanece en estado salvaje.

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Dejamos el paseo marítimo de Matalascañas y nos internamos en la playa del coto, sorteamos una valla de madera y caminamos en dirección este. Al principio la playa es como una prolongación del pueblo, pues en el recorrido nos encontraremos con gentes haciendo deporte, disfrutando del mar, paseando o pedaleando con la bicicleta.

Si el comienzo del camino coincide con la pleamar, nuestros paso por la playa podrán ser más rápidos y con menor dificultad, puesto que podremos caminar por las arena endurecida por el oleaje. Pero teniendo en cuenta la distancia del recorrido, y que entre una y otra bajada de marea, transcurren unas seis horas, será casi imposible hacer todo el trayecto por esta parte de la playa, por lo que en algún momento tendremos que caminar por las arenas movedizas lo cual entraña algo más de dificultad.

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En todo el recorrido solo hay unas cuantas cabañas de madera alineadas junto a las dunas, cerca de Matalascañas, donde todavía viven algunas familias de pescadores tradicionales que reparan las redes sentados a la puerta de las cabañas o junto al brocal de los pozos de agua que se hunden den la arena.

Llegamos a la altura de la torre Carbonero, esta se eleva en el interior del parque, desafiando la gravedad, en medio de un extenso campo dunar. Al igual que otras que ya han desaparecido vencidas por el tiempo o el oleaje del mar. Estas torres fueron construidas por los árabes para vigilar el litoral y reconstruidas, tras la toma por los cristianos de estas tierras en los siglos XV y XVI, con el fin de defender la costa de los ataques de piratas e invasores.

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Hasta el encuentro con esta construcción, no hemos sido conscientes de la soledad que nos rodea. Ahora tenemos la sensación de estar en una especie de limbo, pues si echamos la mirada hacia atrás, veremos que la silueta de las edificaciones de Matalascañas, que nos han acompañado durante bastante tiempo, ya han desaparecido del horizonte. Al frente solo divisamos una línea imperceptible de playa y blanca arena que se pierde en la lejanía. Solo quedamos nosotros y el mar, las dunas y los pinares que se asoman con pudor a lo lejos. Es el momento para darnos un baño y disfrutar, recostados sobre la cálida arena, del silencio que reina en este inmenso paraje de la la naturaleza.

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Seguimos caminando, y llega uno de los tramos más bellos y sorprendentes del recorrido, los troncos secos de los pinos, llamados cruces. Esto quedan como testigos del avance de las dunas, que se tragan la vegetación que encuentra a su paso. Aunque también hay especies que resisten, como las sabinas y los enebros. Es sorprendente ver cómo, entre las dunas, crecen una especie de oasis de pinos, conocidos por estos lares como corrales.

Cuando ya hemos cubierto más de la mitad del recorrido, avistamos las ruinas de la torre de Zalabar, esta se halla vencida por el tiempo y los elementos, pero aun nos sirve de referencia en nuestra ruta, pues aunque son muchos los pequeños accidentes que encontraremos en el camino, ninguno como estas torres para tener una noción del tiempo y del camino recorrido.

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En la ruta, no serán muchos los caminante que encontremos, salvo los pescadores de coquinas, (almejas que se recogen durante la pleamar), conocidos en el lugar como los coquineros. Estos pescadores, realizan una pesca artesanal, nada agresiva con la naturaleza, que se ha transmitido de generación en generación. La presencia de estos pescadores con sus artes de pesca, forman parte del paisaje, sin estos artesanos de la mar, este inmenso arenal no sería lo que en realidad es.

Seguimos caminando por la playa, multitud de gaviotas y correlimos, se espantan a nuestro paso. Metida entre los pinares del Parque, descubriremos la estructura cilíndrica de la torre de San Jacinto, esta se eleva majestuosa por encima de la vegetación, al frente y hacia la derecha, divisamos la silueta de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, que se aparece radiante sobre el cerro.

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Al final de la ruta encontraremos varios fortines que yacen abandonados y vencidos por el oleaje del mar. Pasada la Punta del Cabo donde se encuentra el faro Malandar, y coincidiendo con la desembocadura del Guadalquivir, la ruta se va separando del mar para continuar por los arenales del Guadalquivir. Pasado el ultimo fortín, junto a una pequeña caseta de madera situada cerca de un frondoso pinar, se encuentra el punto donde se toma la barcaza para atravesar el río Guadalquivir.

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Una vez que hemos vadeado el río, nos espera la playa de Sanlúcar de Barrameda, el paseo marítimo con sus palmeras, casas señoriales de finales del siglo XVIII y el barrio de Bajo de Guía, donde encontraremos toda clase de servicios, incluido el centro de información e interpretación del Parque. En lo alto del cerro destacan los blancos palacios andaluces, las bodegas y algunas iglesias barrocas.

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Tras conocer Sanlúcar, la estancia en esta zona puede terminar con un recorrido por el paseo marítimo y presenciar una estampa única, la puesta de sol que tiene lugar cada tarde sobre la desembocadura del Guadalquivir, los pinares del Coto y la playa de Bajo de Guía.  Las noches de luna llena reflejándose en las apacibles agua del mar Atlántico son un autentico delirio. Dos momento que marcaran para siempre nuestra estancia viajera en este paraíso natural de arena, marismas, mar y silencio.

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