Hoy es un buen día para salir a alta mar para observar Cetáceos

 

El Rincón del Trotamundos. Joaquín Alberto Puche Jiménez. 18/4/2013

“Hoy es un buen día para salir a alta mar. Sopla un ligero viento de levante que mantiene el agua mucho más transparente, con un fondo azul intenso e infinito. He pensado en llevar a los pequeños a que descubran esas maravillosas criaturas que brincan en la superficie. Nunca las han visto y seguro que encontrarse con ellas les ayuda a amar aún más el mar y la Naturaleza.

Llevamos ya casi una hora recorriendo la Bahía de Mazarrón, y salimos a mar abierto, sobre los cañones submarinos. Tengo entendido que las probabilidades de hacer un avistamiento son mayores en esta zona, donde el relieve submarino forma abruptos valles y montañas aisladas. Así se favorece que las corrientes submarinas traigan agua profunda, fría y cargada de nutrientes, a aguas más someras. Con estas aguas llega la explosión del plancton y tras ella el resto de la cadena alimenticia, con deliciosas sardinas o jugosos calamares.

La superficie del Mediterráneo recuerda hoy a un espejo. Aunque es muy bonita, a veces me pone triste porque me recuerda al mercurio, al maldito mercurio que tanto daño hace. Las condiciones son muy buenas. De pronto, nos avisan de que se ve algo hacia el sureste. No estamos seguros, pero ponemos rumbo hacia allá.

Aumentamos el ritmo y confiamos, expectantes, en alcanzarlos. Parece que nos han visto, porque se dirigen directamente hacia nosotros. Una de las chicas confirma que se trata de ellos y mi corazón se acelera de emoción, de pura alegría. Ayer unos amigos no pudieron encontrarlos. Pero ahora el contacto es inminente.

Definitivamente nos han visto, porque van más lentos. Su barco, con ese casco blanco que tanto me gusta, corta el mar con suavidad. Me encanta ver desde el agua esos ojos amables que le han pintado en la proa.

Buceamos y nos divertimos con las cosquillas que nos hace el agua burbujeante que la roda desvía a un lado y otro. Los chicos mayores saltan cayendo sobre sus lomos, mientras un grupo de los más activos compite cabalgando las pequeñas olas y cortando raudos la proa. Me encanta ver a los más jóvenes divertirse. Te llena de vida.

Ellos se exhiben para nosotros, moviéndose sin parar de un lado a otro de la cubierta. Quieren que les veamos bien. Los chicos me preguntan si son inteligentes, si nos entenderán. Les respondo que sí, que algún día, seguro. Ya habrá tiempo para enseñarles a evitar redes y anzuelos. Hoy solo quiero que disfruten. Estos que hemos encontrado hoy son viejos amigos. Nos tratan con respeto y creo que con cariño.

Nado sobre mi costado. Nací con los característicos patrones de color de mi especie un poco alterados. Todos en el grupo me consideran especial. Veo que dos de ellos, que reconozco de inmediato porque me gustan mucho sus caras, me señalan con sus raras aletas mientras muestran los dientes y hacen sonidos agudos. Uno lleva un extraño sombrero naranja en la parte superior de su cuerpo. Ojalá los entendiera, creo que podríamos compartir tantas cosas. El amor por el azul y las formas cambiantes de la luz y el agua. El sonido del viento en las galernas, yo qué sé. Tantas cosas.

Estos seres se inclinan hacia el agua, tratan de sentirse cerca de nosotros. Algunos de los mayores me recriminan, me dicen que soy demasiado confiado. Pero de esos ojos azules en ese casco blanco, de esos seres, no: de ellos no puede salir ningún mal. Los que son nuevos para mí muestran un comportamiento parecido. Nos miran embelesados, como me pasa a mí cuando el sol sale del mar y se enciende poco a poco para calentar el aire en el que saltamos. Sus caras son pacíficas, llenas de interés por nosotros. Ese que lleva esa extraña cosa naranja, en particular, me intriga y me atrae: su mirada es intensa, fuerte, alegre y viva y me recuerda a los primeros días de calor.”

Este relato me lo inspiró mi experiencia de esta pasada semana, cuando participé en una salida por el Mediterráneo. No era la primera vez que salía con ellos. He disfrutado y he compartido experiencias, navegación, risas, charlas, comida, atardeceres y avistamientos de delfines y ballenas en la costa de mi querida Cartagena, en el sureste de España, en cuatro ocasiones desde junio de 2012.

En aquel fin de semana de principio de verano pude ver seis de las siete especies que es posible encontrarse en la zona. Todos los que estuvimos allí reconocimos lo afortunados que habíamos sido. Lo excepcional para mí fue que avistamos un rorcual común hembra con su cría. Se me hace muy difícil disimular la emoción cuando recuerdo la imagen de sus soplidos y tras ellas las altas costas acantiladas y deshabitadas de Cabo Tiñoso, entre Cartagena y el Puerto de Mazarrón. O las sensaciones que te producen los tímidos y fantasmales calderones grises, con su cuerpo dibujado de cicatrices. Lo suavemente que nadan los delfines comunes. Los potentes saltos y la velocidad de los atléticos delfines mulares. La paz que desprenden los calderones comunes. Y lo divertidos y activos que son los protagonistas del relato, los delfines listados.

Todo ello aparte de algún ocasional salto de pez espada o de un atún. Hasta nos hemos cruzado con una tortuga boba libre y despistada. Y con varios peces luna, que los ingleses llaman pez sol. Casi de continuo nos acompañaron gaviotas patiamarillas, picofinas y de Audouin. O pardelas, págalos y alcas. En esta semana hasta vimos frailecillos, que tanto abundan en Escocia.

Y hasta aquí lo que yo vi y he querido contarles. Antonio, el patrón de la goleta, José, o sus biólogas marinas Rosa y Tuca les podrían contar muchas más cosas. Algunas actividades, como el esnorkel tras la singladura, también son muy bonitas. En una de ellas tuvimos una de las primeras citas en el Mediterráneo de una enorme medusa que normalmente vive en el Atlántico. Además, sé que ellos, en otras salidas, han visto tiburón peregrino y hasta un excepcional rorcual aliblanco, una ballena que no es propia de nuestro mar.

Bueno, yo no pienso dejar de salir con ellos. He mencionado antes que en mi primera salida vi seis de las siete especies de cetáceos posibles: me falta el cachalote. Y sobre todo, no me importaría volver a encontrar un rorcual común, que tras la ballena azul es el segundo animal más grande de la Tierra. A comienzos de este año estuve en Chile, entre otras cosas por si podía ver a la mítica ballena azul. Pero esa es otra historia.

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