La carretera de la muerte

El Rincón del Trotamundos. Kike Serrano. 25/1/2013

 

El destino tiene esas cosas. De la misma manera que la conocí, ha vuelto a aparecer. Por casualidad. Un programa en la tele y unas malas noticias en el telediario hicieron sacar del fondo del cajón de mi mente los recuerdos de la llamada carretera de la muerte. La carretera que une La Paz con Coroico. La carretera que desciende de los 4.000 metros de altitud, (4.500 si se parte de El Alto, en el alfoz boliviano), con los 1.700 metros sobre el nivel del mar que tiene este pueblo de los Yungas bolivianos. En tan sólo 60 kilómetros.

Coroico, al que los Andes le da la espalda, se ha convertido en un pueblo muy turístico, quizá por la atracción de la carretera, quizá porque desde aquí parten rutas para hacer trekings por la cordillera. Una cordillera que impone. Pero Coroico no tiene nada de especial, pero lo que le une a la capital del país sí.

Fueron mis compañeros de viaje, los que movidos por  no sé qué arriesgada motivación aventurera  terminaron por convencerme, no sin cierta acritud, a descender por la carretera de tierra y vistas espectaculares. Si, vistas espectaculares, todo hay que decirlo.  Accedí, quizá porque mi orgullo no me dejaba soportar un posible éxito de mis compañeros. Eso sí, ordené que viajaramos en land-rover de alquiler, incluso con chófer que conociera la carretera y no en el autobús.

El camino se hace eterno. El viaje te lleva unas 6 horas.  Una vez preparado el coche el camino empieza ascendiendo hacia La Cumbre, con carretera asfaltada hasta la “tranca” de Unduavi, donde hay que pagar la preceptiva “tasa al rodado”. Después de aquí viene un descenso de vértigo. Carretera de tierra, donde a veces es barro, no hay guardaraíles, ni barandillas, ni petos de protección. El final de la carretera lo marca el precipicio.

Elegí no ponerme al lado de la ventanilla que da exterior, no quería que mi estómago se encogiera.  Alertado el conductor por mí temor, la bajada se hacía despacio, y eso nos ayudaba a observar el panorama excepcional que divisábamos. Laderas infinitas, casi verticales, valles encajonados,  bosques magníficos, la vegetación que cada vez llenaba más el camino,  derrumbes de la carretera y de vez en cuando un coche que venía de frente…

Hay una norma, el coche que baja se arrima a la izquierda, el que sube lo hace por  lado contrario, pegado a la pared. Y créanme, hay veces que en la carretera no entran dos coches… normales. No hablo de autobuses.  En las curvas sin visibilidad se aconseja ir despacio  y pitando. Pero existen zonas más anchas para favorecer el adelantamiento y el cruce de los vehículos.

A medida que bajábamos veíamos restos de autobuses en el fondo del valle. Alguna vez paramos a observar alguna cascada pequeña, el precipicio… Esto sólo fue al principio cuando el cansancio del viaje no  había hecho mella todavía. Después empezamos a ver cruces y flores en casi todas las curvas, en cada ladera del camino.

La relajación vino cuando volvimos  a La Paz, ni siquiera en los dos días que estuvimos en Coroico pude relajarme. Pero acabé satisfecho. Cuando realizé el viaje no, hace casi 10 años pero actualmente el gobierno ha realizado una nueva carretera. Espero que a esta la pongan otro nombre.

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