El otoño, invierno, dos estaciones en el valle del Jerte

 

El Trotamundo. Jose Luis Pina, Javier Elcuaz. 5/12/2011

No es de extrañar que, tanto los romanos como los árabes, y otros pueblos peninsulares, eligieran el valle del Jerte como lugar de asentamientos privilegiado, pues tanto su clima, agradable y templado incluso en pleno invierno, como sus abundantes recursos, son más que evidentes nada más adentrarse en el valle por cualquiera de los muchos accesos con los que cuenta. Una tierra fértil, abundantes agua, miles de bancales repletos de árboles frutales, laderas tapizadas de robles y castaños y algunos pueblos que conservan una hermosa arquitectura tradicional.

El Valle de Jerte es un lugar ideal para aquellos que gustan, incluso en plena estación invernal, de dar paseos por el campo, disfrutar de los solitarios caminos y de la silenciosa desnudez de los bosques caducifolios que tapizan el paisaje. Camino y senderos que en esta estación, yacen cubiertos de las hojas que el otoño deposita sobre los suelos del valle. Multitud de cascada vierten sonoras por los cantiles rocosos para precipitarse hacia las angostas gargantas, mientras estas lo hacen en el río Jerte que discurre embravecido por el verde lecho del valle.

Los cerezos que en primavera lucen su espectacular manto blando, ahora lo hacen con el rojo de sus hojas, ocasionando un bello contraste entre el ocre de la tierra y el gris de los robles y castaños que yacen por doquier desnudos. Todo ello forma un mosaico de colores, tonalidades, sutiles sonidos y contrastes que deleitan al viajero rural que se adentra por esta parte de la alta Extremadura al final del otoño y en los sobrios y melancólicos días del invierno.

Múltiples senderos, veredas y caminos, recorren este valle, unos señalizados, como el GR  10 que atraviesa el valle de norte a sur, o los PR locales. Caminos que utilizan los vecinos del valle para subir hasta sus fincas y a los pastizales de la alta montaña. Todos ellos son ideales para conocer los múltiples rincones del valle del Jerte y disfrutar de sus numerosos encanto. Conocer los pueblos de la zona, charlar con sus gentes y tomar contacto con la naturaleza en estado salvaje, una forma agradable y económica de olvidarnos por unas horas o por unos día de un mundo, de una sociedad, que se precipita hacia el abismo.

 

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