Libia, de romanos a Tuaregs

Javier Elcuaz del Arco

Buscando una forma diferente de recibir el año nuevo me fui con la agencia Tuareg a Libia, la gran desconocida a pesar de su cercanía. El país resultó apasionante en su conjunto y como el turismo acaba de empezar, se disfruta con la ausencia de la persecución de vendedores que se vive en otros lugares y el trato amable y colaborador de los libios en todas las situaciones que vivimos.

El viaje comenzó con la visita a Leptis Magna, la ciudad romana más impresionante del norte de África, tanto por su extensión, como por la cantidad de edificaciones que conserva: el soberbio arco de Septimio Severo, las termas de Adriano, el foro Severiano, la basílica de los Severos, el teatro, el circo, … Tras su decadencia en el siglo V y hasta quedar cubierta de arena en el XVII, sufrió el continuo saqueo de sus valiosas piedras; pero, aún así, los restos que se conservan resultan toda una revelación por la belleza constructiva, los materiales empleados y la magnificencia del conjunto.

Sin embargo, el plato fuerte del viaje estaba por llegar. El desplazamiento en avión hasta Sebha nos acercó rápidamente al sur del país, donde nos esperaba el grupo de tuaregs, que serían nuestros guías, conductores, mecánicos, cocineros y que, además, cantaban acompasada y armónicamente en los campamentos después de cenar. Durante seis días recorreríamos parte del Sáhara libio en sus robustos todoterrenos, de mecánica anticuada, pero fiable y apta para ser reparada por ellos mismos.

El itinerario planificado nos llevó hasta los montes Akakus, junto a la frontera argelina. La erosión de la roca arenisca de diferentes tonalidades de estas montañas ha producido formaciones peculiares, donde abundan arcos de todos los tamaños y agujas que se levantan muchos metros sobre la finísima arena del desierto. En sus abrigos naturales antiguas civilizaciones dejaron muestras en pinturas y grabados de su forma de vida y de la abundante fauna que habitó esta región cuando el clima era más húmedo. También existen conjuntos de grabados algo más al norte junto al cauce de antiguos ríos hoy completamente secos.

Tal es el caso de Wadi Matkhandouch, donde destaca la imagen de los gatos rampantes entre las muchas muestras de fauna. De regreso a Sebha atravesamos parte del Erg de Ubari, que en esta región lleva el nombre de Ramlat Dawada. En medio de la aparentemente infinita extensión de dunas, el agua inmóvil de los lagos de Mandara y Gaberoun crea espejos donde se reflejan las verdes palmeras y la vegetación palustre formando imágenes de perfecta simetría.

Para terminar el viaje la visita a Trípoli nos descubrió una ciudad donde la congestión del tráfico contrasta con la tranquilidad de su paseo marítimo. Justo al lado bulle la vida en los zocos de su animada medina.

La buena relación que reinó entre el grupo de viajeros, nueve, también contribuyó a que la experiencia resultara muy agradable.

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