La Maestra les habla de lo importante que es llevarse bien con la naturaleza

Enrique Galindo

Hay veces que el otoño se distrae y te regala un día de primavera. Un día sin lluvia ni nubes. Con un sol que entra por la ventana de la cafetería y te cierra los ojos y hace que apenas puedas ver la taza de café muy caliente, ni el pan con tomate y aceite, ni a tus amigos que charlan animadamente en esta mañana un tanto perezosa. Y todo el mundo se hace el despistado hasta que Isabel nos recuerda que hemos venido a dar un paseo por la Pedriza y que para eso hay que levantarse de la silla. En Canto Cochino una maestra habla a un grupo de niños, todos con su mochila y seguro pensando que esto de saltarse un día de clase para ir al campo es una gran idea. Y nosotros, que nos tenemos que ir en lo más interesante, cuando les habla de lo importante que es llevarse bien con la naturaleza…

Me doy cuenta que estos días siempre camino el último. Me gusta ver como los amigos suben y bajan por las piedras o se pierden entre las escobas y sé, sin ninguna duda, que es aquí donde quiero estar. Mirando la extrañas y caprichosas formas que tiene este paisaje de granito o riéndonos cuando la grieta del Yelmo parecía el camarote de los hermanos Marx y nos quedamos atascados sin subir ni bajar, sobre todo cuando a la parte contratante de la primera parte le entró un ataque de risa y dijo que de ahí no se movía. Desde arriba se veía la Pedriza, la Bola del Mundo, la Maliciosa…  y, qué curioso, se veía Madrid. Y era como mirar desde el otro lado del espejo.

Comimos en una piedra llana cerca de la cara sur y era una gozada ver como la gente sube por sus paredes. Nuestra bajada hubiera sido todavía más maravillosa si no nos hubiéramos distraído y acabado en Manzanares, olvidando un pequeño detalle: que habíamos dejado los coches en Canto Cochino. Así que remontamos el río ya casi de noche mientrás veíamos las luces de los numerosos frontales que bajaban de la montaña.

Y al volver a casa, en el coche escuchas las noticias en la radio y piensas qué clase de Historia Económica te perdiste en la universidad para que seas incapaz de entender nada de lo que hablan. Ataques al euro, miedo al contagio, confianza de los mercados… más bien parece el lenguaje de una película sobre la mafia, porque es el lenguaje del miedo. Y ahora que han convertido la economía mundial en un gran casino con unas normas muy similares a las del monopoly, uno piensa cuánta razón tenía, en el fondo, George Orwell cuando escribió 1984. Pero cree que si alguien tiene que tener miedo que sean los mercados porque todavía, como en la canción de Aute, hay alguien soñando por ahí.

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