Uno se da cuenta que hay otro otoño más allá de las hojas caídas

Enrique Galindo

Cae la tarde en los Montes de Toledo. Dos buitres leonados vuelan por encima de las nubes, casi sin mover las alas. La vista desde los molinos de viento de los Yébenes es bellísima, sobre todo hacia el norte. A veces es difícil imaginar la variedad de matices, de colores de esta tierra o de estos cielos de la Mancha: el rojo intenso de los suelos de arcilla en los barbechos, el verde de unos olivos alineados casi hasta el infinito, el amarillo de las viñas o de los rastrojos que aún quedan y el azul cobalto de las montañas al otro lado del valle.

Me costó años entender lo que afirmaba Debussy, que la música no se encuentra en las notas sino entre las notas. Y es que, a veces, lo evidente no es lo más importante y uno se da cuenta que hay otro otoño más allá de las hojas caídas y de esa sensación de desamparo que llega cuando el verano se acaba y el sol calienta menos. Un otoño de cielos abiertos y tierras sin árboles.

Pienso en los días que he pasado visitando ciudades derruidas o abandonadas hace casi mil años, con esa querencia que tengo a perderme entre las ruinas de otro tiempo. De la Historia, lo que más me gustó siempre fue la pequeña historia de lo cotidiano. Por eso me emocioné al pasear por la antigua ciudad musulmana de Vascos junto al río Huso, al parecer habitada por bereberes, y ver sus calles empedradas, las casas, los baños, los pequeños portillos en la muralla, la antigua mezquita con su modesto mihrab y recorrer los muros que la rodean como una pequeña “muralla china”. Todo en esta ciudad perdida en medio del campo es un misterio: su nombre, lo escondido y abrupto de su emplazamiento, su función aparentemente militar, su abandono… La verdad, el paseo es sobrecogedor.

Como lo será también la visita al cerro de Alarcos, ya en Ciudad Real. En principio me acerqué porque quería ver el antiguo poblado ibérico, del que se ha excavado una pequeña parte. Pero al subir al castillo de Alfonso VIII, sobre el cerro, no pude dejar de pensar en aquel verso de Yeats, “locura y belleza yacen juntas”. La belleza del rosetón con estrellas de la ermita cercana o de los campos de las vegas del Guadiana y el Jabalón. Y la locura de aquel día de verano en que aquí se encontraron el ejército cristiano y el almohade. La matanza fue terrible. Al poco, abrieron una fosa cerca de la muralla y allí echaron en un revoltijo hombres, caballos y armas. !Que locura!

Que contraste con la visita de días antes a la iglesia visigoda de Santa María de Melque, situada en mitad de una antigua finca de ganado. Aunque la torre defensiva encima del crucero hable también de tiempos complicados, hoy es un sitio solitario y tranquilo. Hace ya mucho, llegué a ver dormir  las ovejas en el interior de la iglesia, me dijo un señor que estaba allí sentado viendo atardecer. Al contarle donde vivía, me habló de sus años de estudiante de medicina en Salamanca, allá por los años cincuenta. Hablamos un rato y vi en sus ojos la nostalgia por el tiempo que ya se ha ido y por esta tarde que se esfuma como arena entre las manos, que cantaría Bob Dylan.

Me cuesta irme, pero quiero llegar a las barrancas de Burujón antes que se haga de noche. Me gustaría ver como el sol ilumina esas enormes cárcavas de arcilla, que caen en barrancos sobre el Tajo. Cuando llego, hay ya poca luz pero no me arrepiento de haber llegado tarde. El río Tajo, el río de mi infancia, se marcha perezoso hacia poniente, la temperatura de este anochecer es tan suave y me siento tan a gusto, que le pediría al Otoño, como en la canción de Bob Dylan que me haga “desaparecer tras los anillos de humo de mi mente, bajo las brumosas ruinas del tiempo, más allá de las hojas heladas de los encantados árboles asustados, lejos del alcance de la loca tristeza… déjame que olvide el hoy hasta mañana”.

One thought on “Uno se da cuenta que hay otro otoño más allá de las hojas caídas

  1. Hermoso texto y hermosas fotos. Da ganas de coger el coche y marchar ahora mismo a pisar esos senderos.

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