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jun 12 2010

A veces una sola imagen es lo que te queda de un viaje con el paso de los años

Categorías: Viajeros por el Mundo

LOS RECUERDOS DEL VIAJERO


A veces una sola imagen o una sensación es lo que te queda de un viaje con el paso de los años. La primera foto de este reportaje coincide con el recuerdo que tengo en mi cabeza de Urueña: la ermita de la Anunciada entre los campos de trigo en una primavera ya avanzada. Porque  a Urueña hay que ir en el mes de mayo, tener la suerte de que el viento agite los campos de cereal y ver desde la muralla esa imagen casi impresionista del rojo de la tierra y las amapolas, el verde de los trigales, el amarillo de las escobas… como tienes en otra foto.

Para mi Urueña sobre todo es la iglesia románica de la Anunciada, una de mis favoritas por muchos motivos. La primera vez la ví con alguien que amaba la arquitectura, que tenía pasión porque comprendieras que hay belleza en el equilibrio de fuerzas de la estructura de una iglesia. También porque está integrada en la naturaleza, porque su estilo lombardo es diferente, distinto a lo que estamos acostumbrados a ver por aquí, por la elegancia de su alzado en ese juego de volúmenes que crean los ábsides, las naves, el cimborrio… a pesar de ese horroroso ábside rectangular de la cabecera que alguien con ningún gusto ni sensibilidad construyó probablemente en el siglo XVIII, que afortunadamente queda oculto por un árbol en tu primera foto. Dentro, si no me engañan los recuerdos, cuando miraba hacia la cúpula había una sensación de luminosidad extraña porque no tiene muchas ventanas, haciendo que el espacio creciera hacia arriba…

Y es que, como dices, aquí el tiempo se para, se detiene todas las tardes. A mí esa sensación sólo me ha pasado un par de veces. Una fue una tarde en la Fregeneda con la caída del sol viendo llegar a los rebaños de ovejas, en ese momento en que no es de día pero tampoco es de noche (y es que en los pueblos la noche es más oscura porque hay menos farolas) y te sientes tan bien que te gustaría que todo siguiera así para siempre. Aquella tarde me acordé de una película que me gusta mucho (es difícil de conseguir porque está descatalogada o ni siguiera ha estado en DVD): “Cristo se paró en Eboli” de Francesco Rosi, basado en el estupendo libro autobiográfico de Carlo Levi, al que Mussolini desterró en los años treinta a un pueblo perdido de la Lucania, esa región tan apartada y entonces pobre del sur de Italia a la que, como se refiere el título, ni siquiera llegó Cristo. al ver la película ves como alguien encuentra la paz en el campo, como aprende una forma de vivir sencilla pero más humana, más solidaria en un medio natural al que a veces se teme pero también se respeta y se  quiere. Y como encuentra “su lugar en el mundo” en el sitio que menos se espera.

Como le pasó a León Felipe con Almonacid de Zorita, ese maravilloso, a pesar de la cercana central nuclear, pueblo de la Alcarria en la ribera del Tajo cuando escribió en aquella poesía: “Y a la luz de esta ventana vengo todas las mañanas. Aquí me siento sobre mi silla de paja y venzo las horas largas leyendo en mi libro y viendo como pasa la gente a través de la ventana. Cosas de poca importancia parecen un libro y el cristal de una ventana en un pueblo de la Alcarria y, sin embargo, le basta para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma. Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa cuando pasan ese pastor que va detrás de las cabras con una enorme cayada, esa mujer agobiada con una enorme carga de leña en la espalda”.

Enrique

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