LA SIERRA DE GATA

UN LUGAR ATRAVESADO POR CAMINOS CARRETEROS QUE BUSCAN LA MESETA CASTELLANA


Jálama

Cielos más suaves en días de abril que no se marcharían nunca, cantaba Billie Holiday. Y eso es lo que uno busca en la Sierra de Gata, un sitio donde la primavera siempre llega temprano y siempre se queda. Un lugar atravesado por caminos carreteros que buscan la meseta ya desde antes de los romanos; algunos asfaltados, otros perdidos por un progreso mal entendido.
Para mí la puerta de Gata siempre estuvo en el puerto de Santa Clara, en aquella vieja carretera que perdida en un bosque de castaños bajaba al pueblo de San Martin de Trevejo. Un puerto al que volvía cada noviembre para ver como desaparecía la carretera entre las hojas caídas. Había que parar cada vez que te cruzabas con un coche pero ahí estaba el encanto, en bajar muy despacio por un paisaje que más parecía gallego que extremeño. Hoy la moderna carretera ya es otra historia.

Calzada romana
Paseas por San Martín y te vuelve a sorprender el agua que corre por las calles y la fala de sus gentes, parecida y distinta a la vez al gallego y al portugués. Una cerveza en el bar y salimos camino del Jálama por la antigua calzada que sube al puerto. Dicen que es romana y probablemente lo sea, aunque el empedrado a tramos más bien parece medieval. Algo que no importa mucho cuando contemplas la variedad de árboles que rodean el camino: fresnos, olivos, castaños y robles, estos aún sin hojas. Algún que otro acebo, algo que sorprende en esta orientación sur y luego muchos arbustos, rusco, retama y un brezo que se ha extendido tanto que hace incómodos los últimos doscientos metros antes de la cima.

Camino al puerto de Santa Clara

El Jálama es una montaña pequeña pero de amplias vistas: al oeste la sierra de la Estrella todavía con nieve, al sureste las Villuercas, al noroeste la Serra da Marofa, al este la Canchera, el Mingorro, la Peña de Francia y a lo lejos con mucha nieve para estas fechas la sierra de Bejar.
El martes soplaba el viento con fuerza como la primera vez que vine hace ya tantos años, con un amigo que había cuidado cabras por estos cerros. Fue la primera persona a la que oí hablar de “la raya”, esa región que se encuentra entre España y Portugal separada a ratos por el río Turones, a ratos por el Duero. Una zona de una belleza extraña, diferente. Un paisaje desgastado por un roquedo apenas sin árboles.

Camino a Acebo

Hacía allí fuimos al día siguiente buscando la Marofa, ya en Portugal. Esta montaña es la referencia de toda la zona. Cuando no la ves es que va a llover, decían los abuelos en Lumbrales. Paramos a ver los restos del fuerte romano de Almofala. Impresiona por su altura y por encontrarse en un lugar tan alejado de cualquier parte. Algo que siempre me he preguntado es porque hay tantos restos romanos (calzadas, poblados, enterramientos…) en una zona tan pobre. ¿Por qué tanto interés en esta zona? ¿Por qué tantos caminos confluyen desde hace cientos de años en la desembocadura del Agueda o un poco más al norte en la del Huebra? Boa tarde. É bonito, le dije a un pastor que descansaba a la sombra. É antigo, me dijo encogiéndose de hombros.

San Martin de Trevejo

Siempre que paso por aquí visito el monasterio cisterciense de Santa Maria de Aguiar, junto a Castelo Rodrigo. Año tras año escucho la misma explicación de apariciones, batallas y santos mientras saludo a una Santa Catarina de alabastro en un rincón de la sacristía y a un pobre león de granito que de tanto verlo le coge uno cariño. Este ha tenido más suerte y desde hace unos años pasa su tiempo en una hornacina al lado del crucero. Mientras el señor que enseña la iglesia cuenta las andanzas de fray Bernardo Brito, fraile que da nombre al vino de la zona, uno piensa en cómo un vino tan bueno (el blanco) puede ser tan barato.

Acebo desde el Jálama

Y al final ver atardecer junto al Duero en el embarcadero de Barca d´Alba y acordarse de las palabras de Miguel Torga mientras comes unas almendras. “ A vida está feita de nadas: de grandes serras paradas á espera de movimento; de searas onduladas pelo vento”. “É o espírito da terra que eu defendo, numa cega constância de namorado”.

Desembocadura del Agueda en el Duero

Sala capitular Santa María de Aguiar

Puerto fluvial de Barca de Alba

Texto y fotografía de Enrique Galindo

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