VIAJE POR LOS RECÓNDITOS PARAJES DEL CANADÁ

Segunda parte

Texto y Fotografía de Juan José Ramos Encalado

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Alberta, es la provincia canadiense donde se juntan los dos grandes dominios de Norteamérica: la columna vertebral del continente, que son las Montañas Rocosas y las Grandes Llanuras. Aquí las escalas de las cosas son sencillamente “big”: montañas colosales, ríos atronadores y horizontes infinitos tras la pradera infinita. Nos perdemos en los parques nacionales de las Rocosas: Jasper, Banff y Waterton Lakes. Difícil de describir pero hay experiencias que nunca olvidaremos: el magnífico pico Edith Cavell, el río Athabasca, los glaciares del Columbia Icefield, nuestra subida al pico Whistlers con nuestro Diego durmiendo en su mochila, el pico Pyramide, la verticalidad de las calizas de la formación Ashlar, el valle Tonkin, los lagos Maligne, Bowl y Peyto, Castle Junction, los rebaños de ciervos wapiti, los osos, …

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Son días agotadores por los madrugones y caminatas que nos pegamos, y por las continuas sensaciones que salen a nuestro paso. Hay tiempo para el relax en las piscinas termales de Miette, baños en el lago Minnewanka, navegando en el lago Waterton o viendo los magníficos fósiles que se comercializan en las tiendas de Banff. Asombra ver estos paisajes con ojos de geólogo: ver como han excavado los valles los glaciares pasados, cómo han acumulado sus morrenas, como han pulido en algunas zonas las calizas y que llegan a ser mármol, y pena por ver como los glaciares actuales se retiran más rápido de lo que creo que nos gustaría. Es triste ver como el Crowfoot Glacier, o sea, el glaciar de la pata de la corneja, por decirlo de un modo más castizo, ya sólo le queda un dedo de cuatro, el Columbia Icefield ha retrocedido 2 kilómetros en 100 años, pero de ellos 1 kilómetro en los últimos 25 años, del Angel Glacier, posiblemente dentro de 5 años sólo nos queden sus fotos, … Es curioso descubrir los campos de concentración donde se encerraban a los emigrantes ucranios, alemanes y húngaros entre los años 1914-1918, por el delito de ser originarios de un país que estaba en guerra con el Imperio Británico.

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Las Grandes Praderas, ¡ah! la gran llanura del centro de América. La sensación de todo el día viajando y no habernos movido ni un metro. Nadie. Algunas vacas y las ardillas terrestres que nos observan desde cualquier lugar donde nos paremos. Impresiona un paraje conocido como Head Smashed-in Buffalo Jump, algo así como la cabeza aplastada en el salto del bisonte. Retrocedemos con la imaginación a la América anterior a la llegada del hombre blanco. Aquí los nativos Blackfoot o Pies Negros, acosaban a los rebaños de bisontes de modo que cayeran por este cortado de 5-6 metros de altura, que rompe la monotonía de la Gran Pradera. Permanecemos todo el día en la zona, viendo el centro de visitantes donde se aprende mucho sobre la vida de esta tribu, vemos bisontes y casi nos apuntamos a un Pow Wow tras ser invitados por unos nativos. A título personal logro ver uno de los símbolos de la Gran Pradera: el pequeño pájaro, hoy día amenazado, bisbita de Sprague.

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Las Grandes Praderas tienen también su mundo humano, que se concentra en los Stampede. Son los grandes rodeos de Canadá. Asistimos al Stampede de Strathmore donde yo personalmente me pierdo, porque no entiendo las reglas. Vaqueros tratando de no caerse de caballos, de toros, captura con lazo de becerros, carreras de caballos, de carros, … ambiente divertido, 100% rural, cerveza y country. Para no olvidar.

Tras haber dejado Alberta, volvemos a adentrarnos en British Columbia. Aún seguimos en las montañas Rocosas, en un sitio que a mí siempre me había hecho soñar: Yoho National Park. Yoho en lengua Blackfoot significa “precioso”, y la verdad, hace honor a su nombre. Magnífica las cascadas Sunwapta y Takkakaw, el lago Emerald y los bosques que lo rodean, y la sierra de President Range. En el plano más científico, aquí está el mejor y más decisivo yacimiento de fósiles de la Era Primaria: las pizarras de Burguess Shale o la eterna discusión sobre los posibles futuros, el azar en la evolución y … la película ¡Que bello es vivir! con James Stewart.

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Mucho para leer y ver otros puntos de vista. Aquí también se empieza a meter uno en la odisea de la búsqueda de los pasos para el ferrocarril hacia el Pacifico. Puertos de montaña con historias increíbles: Kicking Horse Pass, Vermillion Pass, Roger Pass, Yellowhead Pass, … Auténticas aventuras del siglo XIX.

Llegamos al valle del río Columbia que constituye el límite entre el mundo calizo de las Rocosas y los granitos de la cordillera Columbia con lugares como Purcell Mountains, Glacier N.P., Monashee Range y Selkirk Range. Bosques con árboles gigantes encontramos en los parques nacionales Glacier y Revelstoke Mountain. Lugares maravillosos donde perderse e imprescindible subir a la cima del Monte Revelstoke y sus Meadows in the sky (los prados del cielo).

Luego, coche, coche y más coche: Salm Arm, Kamloops, Merrit hasta que por fín vemos el Océano Pacífico en el estrecho de Juan de Fuca, al sur de la ciudad de Vancouver.

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